Lo llamé.
—Tu mamá puede morir. Necesitamos el depósito hoy.
Del otro lado sonaba música y gente brindando.
—Mariana, tú eres la nuera mayor y vives cerca. Resuélvelo. Mi cafetería está quebrada.
Colgó.
Media hora después llegaron la tía Lupita, el tío Nacho y otros parientes. No preguntaron cuánto había pagado ni por qué Diego no aparecía. Me rodearon en el pasillo.
—¡Eres una desalmada! —gritó Lupita—. Raúl debe estar revolcándose en su tumba.
Les mostré el saldo y los comprobantes. Les dije que llamaran al hijo que manejaba una camioneta nueva y vivía en un departamento de lujo en Zapopan. El pasillo quedó en silencio, pero sus ojos siguieron juzgándome como si la pobreza también fuera una falta moral.
Regresé a mi cuarto rentado, un espacio de dieciséis metros con techo de lámina. Frente a la fotografía de Raúl, por primera vez no le pedí perdón por no poder salvar a su madre.
Saqué de debajo de la cama una caja con sus documentos. Entre recibos amarillentos encontré copias de la sucesión de mi suegro Ernesto, escrituras de un terreno expropiado y una anotación de Raúl: “Mi parte queda pendiente hasta que mamá entregue cuentas”.
Teresa siempre aseguró que aquella expropiación no había dejado casi nada.
Esa noche comprendí que quizá no estaba frente a una familia pobre, sino frente a una mentira cuidadosamente alimentada con mi dinero.
Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
