PARTE 3
Después meses completos.
Finalmente Mariana llevó todas sus cosas.
Nunca hubo una gran despedida.
Nunca hubo una escena dramática.
Catalina simplemente dejó que ocurriera.
Doña Elena fue quien asistió a juntas escolares.
Quien le preparaba caldo cuando enfermaba.
Quien esperaba despierta cuando Mariana salía con amigas.
Quien ahorró para pagarle la universidad.
Arturo, con los años, empezó a acercarse.
Patricia también.
Iván dejó de verla como “la hija del esposo de mi mamá” y comenzó a presentarla como su hermana.
Después nació Victoria.
Y poco a poco Mariana descubrió algo extraño:
La familia que creía haber perdido no era perfecta, pero estaba aprendiendo a quererla.
Catalina, mientras tanto, estaba cada vez más absorbida por Ricardo y Lizeth.
Sobre todo por Lizeth.
Cuando Lizeth dejó la universidad, Catalina pagó otro curso.
Cuando quiso abrir un negocio de uñas, Catalina aportó dinero.
Cuando el negocio cerró, culpó a los socios.
Cuando Lizeth tuvo problemas con una pareja, Catalina la recibió en casa.
Cuando chocó un automóvil que Ricardo le había prestado, Catalina consiguió el dinero de la reparación.
Una y otra vez.
Mariana dejó de competir.
Entendió que aquella carrera nunca tendría meta.
Luego Doña Elena enfermó.
Cáncer.
El diagnóstico transformó la vida de Mariana.
Durante casi un año organizó medicamentos, consultas y tratamientos.
Arturo ayudaba con gastos.
Patricia cocinaba.
Iván acompañaba a su abuela adoptiva a las quimioterapias cuando Mariana tenía que trabajar.
Victoria, todavía adolescente, se sentaba junto a Elena y le pintaba las uñas.
Catalina apareció 3 veces.
En una de ellas estuvo menos de 40 minutos.
Porque Lizeth tenía una “emergencia”.
Cuando Elena murió, Mariana sintió que se había quedado sin el único lugar donde jamás tuvo que pedir permiso para sentirse querida.
El departamento pasó legalmente a su nombre.
Nadie cuestionó nada.
Nadie excepto Catalina.
Primero preguntó cuánto valía.
Después sugirió venderlo.
Luego quiso dividirlo.
Finalmente apareció aquella idea:
—Tienes demasiado espacio para ti sola.
A Mariana le parecía absurdo que alguien pudiera medir cuánto hogar merecía otra persona.
Pero durante años el chantaje emocional funcionó.
Porque Catalina siempre sabía exactamente dónde golpear.
—Soy tu mamá.
—Algún día te vas a arrepentir.
—Con todo lo que hice por ti.
—Lizeth no tuvo las oportunidades que tú tuviste.
La última frase era especialmente cruel.
Las oportunidades que Mariana había tenido provenían principalmente de la mujer a quien Catalina prácticamente había dejado encargarse de criarla.
—Entonces no puede hacer nada legalmente —dijo Mariana, mirando los documentos.
Arturo negó.
—Sobre el departamento, no.
—¿Estás seguro?
—Consulté con un abogado después de que murió tu abuela. Tu mamá no tiene derechos sobre la propiedad.
Mariana respiró aliviada.
Pero Iván seguía serio.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Hoy fui a tu edificio.
Mariana lo miró.
—¿Por qué?
—Porque algo no me cuadraba.
Iván trabajaba como técnico de mantenimiento para una empresa que daba servicio a varios edificios de la ciudad. Conocía administradores, porteros y personal de seguridad.
—Hablé con el administrador.
Sacó su celular.
—Lizeth no solo estaba viviendo ahí.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué hizo?
—Hace 2 semanas llevó a una señora interesada en rentar el departamento.
