PARTE 4
Silencio.
—¿Cómo?
—Dijo que estaban remodelándolo para rentarlo amueblado.
Mariana se puso de pie.
—Eso es imposible.
—Hay más.
Catalina había entregado copias de recibos de predial, mantenimiento y una copia antigua de la escritura.
No podían vender legalmente la propiedad.
Pero aparentemente intentaban convencer a terceros de que Lizeth tenía autorización para administrarla.
Incluso habían solicitado un depósito de apartado a una pareja.
—¿Recibieron dinero?
—El administrador cree que sí.
Mariana sintió ganas de vomitar.
Ya no era una madre tratando de ayudar irresponsablemente a su hijastra.
Habían convertido su ausencia en una oportunidad.
A la mañana siguiente Mariana acudió con una abogada.
Después de revisar todos los documentos, la licenciada Hernández fue clara:
—Cambie accesos, notifique por escrito a la administración que nadie salvo usted tiene autorización sobre el inmueble y documentemos cualquier intento de cobrar dinero utilizando su propiedad. Si hubo depósitos, necesitaremos saber quién los recibió y bajo qué concepto.
Durante los siguientes días comenzaron a aparecer piezas.
La pareja interesada sí había entregado 35,000 pesos.
El dinero fue depositado a una cuenta de Lizeth.
Ella les había prometido ocupar el departamento al mes siguiente.
Catalina había participado en las conversaciones asegurando que Mariana vivía permanentemente en el extranjero.
Incluso había dicho:
—Mi hija ya hizo su vida fuera de México.
Cuando Mariana leyó esa conversación, sintió algo diferente al enojo.
Sintió duelo.
Porque finalmente entendió que seguía esperando una versión de su madre que quizá nunca había existido.
Catalina apareció en su departamento 2 días después.
Mariana la vio desde la mirilla.
No abrió.
—Mariana, tenemos que hablar.
—Habla desde ahí.
—No voy a discutir en el pasillo.
—Yo tampoco. Puedes irte.
—Soy tu madre.
Mariana cerró los ojos.
Otra vez.
Las mismas palabras.
—Sí. Ese es precisamente el problema. Crees que ser mi madre te da derecho a decidir sobre todo lo mío.
—¡Yo solo quería ayudar!
—Cobrar 35,000 pesos por rentar un departamento ajeno no es ayudar.
Hubo silencio al otro lado.
Después Catalina habló mucho más bajo.
—Lizeth me dijo que devolvería el dinero.
—¿Entonces sabías?
—Yo…
—¿Sabías?
—Sí.
Mariana sintió que aquella única palabra terminaba de romper la última excusa que todavía podía inventar para defenderla.
Abrió la puerta.
Catalina estaba allí con los ojos llorosos.
—Yo pensé que podríamos convencerte después.
—Exactamente.
—Hija…
—No. Escúchame tú.
Mariana mantuvo la puerta entre ambas.
—Cuando tenía 13 años te pedí que me dejaras vivir con papá porque no soportaba estar en una casa donde siempre era la culpable. Me dijiste que exageraba.
Catalina bajó la mirada.
—Cuando me fui con mi abuela, no luchaste por mí.
—Yo pensé que estarías mejor…
—Y estabas en lo correcto. Estuve mejor.
Aquello dolió incluso decirlo.
—Cuando mi abuela enfermó, casi no apareciste porque siempre había un problema de Lizeth. Cuando murió, lo primero que te preocupó fue el departamento. Y ahora entraste a mi casa, sacaste a mi gato, cambiaste mis cerraduras y permitiste que otra persona cobrara dinero usando algo que no le pertenece.
—No sabía que habían echado a Mango.
Mariana soltó una carcajada incrédula.
—¿Eso es lo que vas a defender?
Catalina comenzó a llorar.
—Lizeth está pasando un momento muy difícil.
—Siempre está pasando un momento difícil.
—No tuvo la vida fácil.
—¿Y yo sí?
Catalina no respondió.
Era la primera vez que Mariana veía aquella pregunta llegar realmente hasta ella.
—Cuando tú te fuiste con Ricardo —continuó Mariana—, yo era una niña. Cuando papá reconstruyó su vida, también sentí que sobraba. ¿Sabes quién me enseñó que yo no era una carga?
Catalina sabía la respuesta.
—Mi abuela.
Mariana respiró profundamente.
—Y ahora quieres quitarme lo último que ella me dejó para solucionar otro problema de Lizeth.
—No quería quitártelo.
—Entonces dime una cosa. Si yo no hubiera regresado antes, ¿cuándo pensabas contarme?
Catalina abrió la boca.
Nada salió.
—¿Cuando hubiera una familia viviendo aquí?
Nada.
—¿Cuando Lizeth hubiera firmado un contrato falso?
Silencio.
—¿Cuando yo volviera dentro de 2 meses y tuviera que pedir permiso para entrar a mi propia casa?
Catalina comenzó a llorar con más fuerza.
Pero esta vez Mariana no sintió la necesidad de consolarla.
—Vete, mamá.
—Podemos arreglarlo.
—Ya lo estoy arreglando.
—No metas abogados.
—Ya hay una abogada.
Catalina levantó la cabeza.
—¿Vas a denunciar a Lizeth?
—Voy a protegerme.
—¡Es tu hermana!
Mariana la miró directamente.
—No. Es la hija de tu esposo. Y aunque fuera mi hermana, eso no le daría derecho a robarme.
Catalina se quedó petrificada.
Mariana cerró la puerta.
Durante las semanas siguientes, Lizeth tuvo que devolver el depósito a la pareja.
Para conseguir el dinero, Ricardo vendió uno de sus automóviles.
Sergio terminó separándose de Lizeth.
No por amor hacia Mariana, desde luego.
Sino porque descubrió que Lizeth le había hecho creer que el departamento ya estaba prácticamente a su nombre.
Días después intentó acercarse a Mariana afuera del edificio.
—Oye, si ya terminé con Lizeth, podríamos salir algún día.
Mariana lo miró tan sorprendida que terminó riéndose.
Antes de poder responder, Iván apareció caminando desde la esquina con su uniforme de trabajo.
Sergio entendió mal la situación.
—¿Es tu novio?
Mariana miró a Iván.
Luego volvió hacia Sergio.
—Sí. Y es muy celoso.
Iván apenas tuvo tiempo de entender la broma antes de que Sergio desapareciera.
—¿Qué fue eso?
—Una larga historia.
—¿Otro problema?
—Uno bastante tonto.
Iván levantó una bolsa.
—Mi mamá mandó comida. Y papá quiere saber cómo sigue tu alergia.
Mariana sonrió.
—¿En serio viniste hasta acá para eso?
—No. También vine porque Victoria dice que si no vas el domingo, ella vendrá a secuestrarte.
Mariana soltó una carcajada.
Aquella noche recibió un mensaje de Catalina.
“Algún día entenderás que hice todo por la familia.”
Mariana lo leyó varias veces.
Antes habría contestado.
Habría discutido.
Habría intentado demostrarle que estaba equivocada.
Esta vez simplemente bloqueó la pantalla.
Mango saltó al sillón y se acomodó junto a ella.
Mariana acarició su cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio del departamento no se sintió vacío.
Se sintió seguro.
El domingo fue a comer con Arturo, Patricia, Iván y Victoria.
Hubo demasiada comida, bromas malas de su padre y una discusión absurda sobre quién hacía la mejor salsa.
Nada extraordinario.
Y precisamente por eso Mariana se emocionó.
Durante años había pensado que una familia verdadera debía parecerse a aquella imagen perfecta que nunca tuvo.
Padres juntos.
Una madre que siempre eligiera a su hija.
Un hogar sin divorcios ni resentimientos.
Ahora sabía que estaba equivocada.
A veces la familia no era quien tenía más derecho a llamarte hija.
Era quien preguntaba si habías llegado bien.
Quien aparecía cuando estabas enferma.
Quien cuidaba a tu gato.
Quien guardaba comida para ti.
Quien respetaba un “no”.
Quien nunca necesitaba quitarte algo para demostrarte que te quería.
Meses después Catalina intentó contactarla nuevamente.
Mariana aceptó verla en una cafetería.
No porque hubiera olvidado.
Ni porque quisiera regresar a la relación anterior.
Simplemente necesitaba decir algo sin gritos ni puertas entre ambas.
Catalina llegó sola.
Parecía más cansada.
—Lizeth está enojada conmigo —dijo después de varios minutos.
Mariana casi sonrió.
Hasta entonces, su madre todavía hablaba primero de Lizeth.
—Tal vez algún día entiendas lo que hiciste —respondió Mariana.
—Ya lo entendí.
—No estoy hablando del departamento.
Catalina levantó la mirada.
—Estoy hablando de todos los años anteriores.
Por primera vez, Catalina no tuvo una respuesta preparada.
Mariana dejó dinero para su café y se levantó.
—No te odio, mamá. Pero tampoco voy a seguir permitiendo que me lastimes solo porque eres mi madre.
Catalina lloró en silencio.
Mariana salió del lugar.
No sintió victoria.
Tampoco satisfacción.
Sintió algo mucho más valioso.
Paz.
Porque algunas personas pasan media vida esperando que sus padres finalmente las elijan.
Mariana comprendió que ella ya no necesitaba esperar.
Había aprendido a elegirse a sí misma.
Y quizá esa sea una de las decisiones más difíciles que alguien puede tomar: aceptar que compartir sangre con una persona no significa entregarle las llaves de tu casa, de tus límites ni de tu vida.
