PARTE 2
A las 8 de la mañana siguiente, Mariana ya tenía un cerrajero cambiando cada chapa del departamento.
Mango caminaba detrás de ella, maullando indignado, mientras Doña Rosa le contaba lo ocurrido.
Lizeth llevaba casi 6 semanas viviendo allí.
Había recibido visitas, cambiado muebles e incluso le había dicho al administrador del edificio que pronto sería la propietaria.
—Yo pensé que tú sabías —dijo Doña Rosa—. Pero cuando echaron al gato, supe que algo estaba mal.
Mariana sintió náuseas.
Su madre le había mandado fotografías durante todo ese tiempo.
Fotos de sus plantas.
Fotos de Mango.
Mensajes diciendo:
“Todo perfecto, hija. Tú concéntrate en tu trabajo.”
Todo era mentira.
A mediodía Catalina llamó.
Ni siquiera preguntó por la alergia que había obligado a Mariana a volver.
—¿De verdad tenías que sacar a Lizeth a medianoche?
—¿De verdad metiste a Lizeth en mi casa?
—Necesitaba dónde vivir. Sergio perdió su empleo y están pasando una mala racha.
—Entonces ayúdala tú.
—Nuestra casa es pequeña.
Mariana soltó una risa seca.
Era una casa de 4 habitaciones en Naucalpan.
—Mamá, deja de mentir.
Catalina cambió de estrategia.
—Tú eres soltera, viajas constantemente y tienes un departamento de 3 recámaras. ¿Para qué quieres tanto espacio?
—Porque es mío.
—Podríamos hacer algo justo. Tú le das este departamento a Lizeth y nosotros ponemos a tu nombre nuestra casa.
Mariana dejó de respirar por un instante.
Ya había escuchado esa propuesta años atrás.
Después de la muerte de su abuela.
Cuando Catalina intentó convencerla de vender el departamento y comprar 2 propiedades pequeñas.
Supuestamente una sería para ella.
Mariana casi había aceptado.
Hasta que escuchó a su madre desde la ventana hablando por teléfono:
—Ya estuvo, mi amor. Lizeth por fin va a tener su propio departamento.
Aquello provocó meses de distanciamiento.
Catalina juró después que había cambiado.
Que estaba arrepentida.
Y Mariana, contra el consejo de todos, le creyó.
—Nunca pensaste poner la casa a mi nombre —dijo Mariana—. Querías mi departamento para Lizeth.
Silencio.
Entonces su madre dijo algo inesperado:
—Hay cosas sobre esa propiedad que tu abuela nunca te contó.
—¿Qué cosas?
—Tu abuela no tenía derecho a dejarte todo.
Mariana frunció el ceño.
—El testamento fue legal.
—Tal vez el testamento sí.
Catalina bajó la voz.
—Pero el departamento no era completamente suyo.
Esa misma tarde Mariana llamó a su padre, Arturo.
Cuando le contó lo sucedido, él se quedó callado demasiado tiempo.
—Papá… ¿qué sabes?
Arturo respiró hondo.
—Hay algo que tu mamá lleva años queriendo reclamar.
—¿Qué?
—Dinero.
—¿Qué dinero?
—Dinero que tu abuela puso para comprar ese departamento hace más de 20 años.
Mariana apretó el teléfono.
—¿De quién era?
—De tu mamá.
Y entonces Arturo añadió:
—Pero si Catalina te contó solo esa parte… te está escondiendo la más importante.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
—La razón por la que tu abuela terminó quedándose con ese departamento.
PARTE 3
Mariana llegó esa misma noche a la casa de su padre en Coyoacán.
Arturo ya la esperaba en el comedor con Patricia, su esposa, y una carpeta vieja color café colocada sobre la mesa.
Iván, el hijo mayor de Patricia, también estaba allí.
Aunque técnicamente Iván y Mariana no compartían sangre, llevaban tantos años tratándose como hermanos que aquella diferencia hacía tiempo había dejado de importarles.
—Siéntate —dijo Arturo.
Mariana señaló la carpeta.
—¿Qué es eso?
Su padre la abrió lentamente.
Había escrituras, recibos bancarios, cartas y copias de documentos fechados casi 25 años atrás.
—Tu mamá te dijo una verdad a medias —comenzó Arturo—. Y las verdades a medias suelen ser las mentiras más peligrosas.
Cuando Mariana era niña, sus padres habían comprado aquel departamento en la colonia Del Valle con ayuda de Elena, la madre de Arturo.
La abuela de Mariana.
Catalina había aportado una parte considerable del enganche, dinero proveniente de una herencia de sus propios padres.
Hasta allí, lo que Catalina decía era cierto.
Pero faltaba el resto.
Durante los últimos años del matrimonio, Arturo descubrió que Catalina llevaba tiempo teniendo una relación con Ricardo, un antiguo novio de juventud.
El mismo Ricardo con quien terminaría mudándose después.
—Yo tampoco fui un santo —admitió Arturo—. Trabajaba demasiado, estaba ausente y después reconstruí mi vida muy rápido. Cometí errores contigo que todavía me pesan. Pero lo del departamento fue diferente.
Cuando el matrimonio terminó, Catalina quería dinero para comenzar una nueva vida con Ricardo.
No quería quedarse con el departamento.
Quería vender su parte.
Doña Elena compró legalmente las participaciones de ambos.
Primero la de Arturo.
Después la de Catalina.
En la carpeta estaba el contrato.
Catalina había recibido una cantidad importante, equivalente en ese momento a prácticamente toda su inversión inicial, además de una compensación adicional.
Había firmado ante notario.
—Entonces… —Mariana miró a su padre— ¿ella vendió su parte?
—Completamente.
—¿Y ahora dice que todavía le corresponde?
—Sí.
Patricia deslizó otro documento hacia Mariana.
Era una carta escrita por Elena años después.
“Quiero que este hogar sea para Mariana porque fue aquí donde encontró estabilidad cuando los adultos de su vida no supimos dársela.”
Mariana dejó de leer.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Su abuela nunca había hablado mal de sus padres.
Jamás.
Ni siquiera cuando Mariana, con 13 años, llegó a su casa cargando una mochila después de suplicarle a su madre que ya no quería vivir con Ricardo y Lizeth.
En aquel entonces Mariana no entendía por qué Catalina parecía tener paciencia infinita para Lizeth y ninguna para ella.
Lizeth podía reprobar materias.
Catalina la defendía.
Podía llegar tarde.
Catalina encontraba excusas.
Podía insultar a Mariana.
Catalina decía:
—Tú eres mayor. Sé madura.
Ricardo tampoco ocultaba sus preferencias.
Para él, Lizeth siempre era la niña de la casa.
Mariana era “la hija de otro”.
Cada conflicto terminaba igual.
Catalina defendiendo a Ricardo.
Ricardo defendiendo a Lizeth.
Y Mariana encerrándose en el baño para llorar sin que nadie la escuchara.
Una tarde le pidió a Arturo que la llevara a vivir con él.
Pero Arturo acababa de comenzar su relación con Patricia.
Patricia tenía un hijo pequeño, Iván, y estaba embarazada.
Arturo tuvo miedo.
Miedo de mezclar familias.
Miedo de comenzar otro conflicto con Catalina.
Miedo de no poder con todo.
Y respondió con la peor frase posible:
—Dame un poco de tiempo.
Mariana interpretó aquello como:
“Tampoco te quiero aquí.”
Fue Elena quien intervino.
—La niña se viene conmigo.
Catalina se resistió al principio.
Pero su resistencia duró menos de lo que Mariana habría deseado.
Pronto comenzó a permitirle quedarse toda la semana con su abuela.
