ntht/ La mujer que debía cuidar mis plantas y a mi gato aprovechó mi ausencia para entregar mi departamento a otra persona… y esa mujer era mi propia madre. No discutí cuando me pidió que dejara vivir allí a mi hermanastra; simplemente cambié las cerraduras y decidí proteger lo que mi abuela me había dejado. Pero horas después, el administrador del edificio me llamó: una pareja ya había entregado 35 mil pesos para apartar “mi” departamento…

PARTE 1

—¡Este departamento ya no es tuyo! Tu mamá me lo regaló.

Mariana se quedó inmóvil frente a la puerta de su propia casa, con la maleta todavía en la mano y el cansancio de un vuelo de casi 15 horas pegado al cuerpo. Eran más de las 11 de la noche en la Ciudad de México. Había regresado 2 meses antes de lo previsto de un proyecto de trabajo en Singapur debido a una reacción alérgica que terminó mandándola al hospital.

Lo único que quería era abrazar a Mango, su gato, bañarse y dormir.

Pero su llave no entraba.

Primero creyó que la cerradura se había atorado. Después escuchó pasos dentro del departamento.

Golpeó.

La puerta se abrió apenas unos centímetros, detenida por una cadena que Mariana jamás había instalado.

Del otro lado apareció un hombre de unos 35 años, en camiseta y shorts.

—¿Qué quieres?

—¿Perdón? ¿Quién eres tú?

Antes de que pudiera responder, Mariana escuchó una voz que conocía demasiado bien.

—¿Quién es, Sergio?

Lizeth apareció detrás del hombre.

La hija del esposo de su madre.

La misma mujer con la que Mariana había pasado una adolescencia infernal.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Mariana—. ¿Y por qué cambiaste mi cerradura?

Lizeth cruzó los brazos.

—Tu mamá dijo que no volverías en varios meses.

—Eso no responde mi pregunta.

Una puerta del pasillo se abrió.

Doña Rosa, la vecina que había conocido a la abuela de Mariana durante décadas, salió en bata.

—Mijita, qué bueno que llegaste. Yo ya quería hablarte. Sacaron a tu gato al pasillo hace semanas. Lo tengo conmigo.

Mariana sintió que la sangre le hervía.

—¿Sacaron a Mango?

—Estos dos. Y luego empezaron a meter muebles.

Mariana miró fijamente a Lizeth.

—Tienes 5 minutos para salir de mi departamento.

Lizeth soltó una risa.

—No puedes correrme.

—¿Ah, no?

—No. Catalina me lo dio.

Catalina.

Su madre.

Mariana sacó el teléfono y llamó inmediatamente.

La primera llamada no tuvo respuesta.

La segunda tampoco.

En la tercera, una voz adormilada contestó.

—¿Bueno?

—Mamá, ¿por qué Lizeth y un hombre están viviendo en mi departamento?

Hubo un silencio.

—Mariana… ¿ya regresaste?

—Estoy frente a mi puerta.

—Hija, tranquilízate. Todo tiene explicación.

—Perfecto. Explícame cómo regalaste algo que no te pertenece.

Catalina suspiró.

—Lizeth necesitaba un lugar. Tú casi nunca estás. Yo pensé que podríamos arreglarlo después.

Mariana cerró los ojos.

—¿Cambiaste las cerraduras?

—No hagas un escándalo.

—Voy a llamar a la policía.

—¡Mariana, no seas egoísta!

Aquella palabra terminó de romper algo.

Egoísta.

Después de años de sentirse desplazada por la hija del hombre que su madre había elegido sobre ella.

Mariana marcó al 911 y explicó que había personas dentro de una propiedad legalmente registrada a su nombre.

Al escucharla, Lizeth perdió la sonrisa.

Tres minutos después salió con Sergio y varias bolsas.

Antes de irse, se acercó a Mariana y le susurró:

—Disfrútalo mientras puedas. Tu mamá ya encontró la forma de quitártelo.

Y Mariana todavía no sabía que aquella amenaza era mucho más real de lo que parecía.