PARTE 4
Se quedó pensativo.
—Pero tampoco estuvo bien quedarme callado siempre.
Laura frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque te dejé creer que no me importaba.
Era la primera vez que Manuel admitía su parte en el problema.
—Sí soy lento —dijo—. Y sí, algunas veces soy flojo. Pero también llego cansado. Y muchas veces cuando quiero hacer algo tú ya lo hiciste porque no soportas esperar.
Laura recordó docenas de ocasiones.
Era verdad.
—Entonces dime qué necesitas de mí.
Manuel sonrió.
—Una lista.
—¿Qué?
—Una lista. Pero razonable, mujer. No una agenda presidencial.
Así comenzaron.
Cada domingo anotaban 3 o 4 pendientes.
Manuel se comprometía a terminarlos durante la semana.
Si algo requería conocimientos que no tenía, contrataban a alguien.
Laura prometió dejar de insultarlo.
No fue automático.
Una tarde Manuel dejó abierta la llave del jardín y Laura gritó desde la cocina:
—¡Manuel, eres un…!
Se detuvo.
Él asomó la cabeza.
—¿Un qué?
Laura respiró.
—Un hombre que olvidó cerrar la llave.
—Eso sonó dolorosamente maduro.
Ella terminó riéndose.
La relación empezó a cambiar.
Pero mientras ellos reconstruían su matrimonio, la casa de al lado comenzaba a derrumbarse.
Sofía consiguió trabajo en secreto como auxiliar administrativa en una pequeña clínica.
Laura la ayudó a preparar su currículum.
Manuel incluso la llevó a una entrevista cuando Rodrigo estaba fuera.
No preguntó detalles.
—Solo quiero que esté bien —dijo.
Tres semanas después, Rodrigo lo descubrió.
Los gritos se escucharon desde varias casas.
—¡Te dije que no ibas a trabajar!
Laura salió al patio.
Manuel estaba detrás de ella.
—No te metas —le pidió.
—Está gritándole.
—Sí. Pero espera.
Entonces se escuchó a Sofía.
Por primera vez su voz era fuerte.
—¡No necesito tu permiso!
Después hubo silencio.
Rodrigo salió furioso.
Vio a Laura y comprendió inmediatamente.
Cruzó hasta su portón.
—¿Tú le llenaste la cabeza?
Laura se plantó frente a él.
—Ella tiene cabeza propia.
—No te metas en mi matrimonio.
—Entonces deja de tratar a tu esposa como propiedad.
Rodrigo dio un paso hacia ella.
Manuel apareció inmediatamente a su lado.
No gritó.
No levantó los puños.
Simplemente se colocó entre ambos.
—Habla desde tu casa, Rodrigo.
El vecino soltó una risa.
—¿Ahora resulta que eres muy hombre?
Manuel lo miró con una calma que Laura nunca había visto.
—No necesito demostrarte nada.
Rodrigo regresó furioso.
Aquella noche Sofía y Emiliano durmieron en casa de la madre de ella.
Al día siguiente Rodrigo fue a buscarlos.
Sofía aceptó hablar únicamente con la presencia de su hermano y de una abogada que había consultado.
