ntht/ Humillé a mi marido durante meses llamándolo inútil, tortuga y bueno para nada porque siempre dejaba las reparaciones para después, mientras el vecino parecía capaz de hacerlo todo con sus propias manos. Ya había decidido que no quería seguir viviendo así y pensaba hablar de separación esa misma semana. Pero durante una cena escuché al vecino decirle a su esposa: “Tú no ganas dinero, así que aquí decido yo”…

PARTE 3

Laura durmió poco.

Durante meses había repetido una idea hasta convertirla casi en una verdad absoluta: Manuel era un marido mediocre porque no asumía el control de la casa.

Ahora aquella certeza se había agrietado.

Lo miró dormir.

Manuel estaba boca arriba, con una mano sobre el pecho y la otra extendida hacia su lado de la cama.

Parecía exactamente el mismo hombre tranquilo con quien se había casado.

Pero Laura ya no lo estaba mirando con los mismos ojos.

Recordó sus primeros años juntos.

Cuando el gobierno municipal entregó varias viviendas a familias trabajadoras mediante un programa habitacional, ellos habían conseguido una pequeña casa que necesitaba muchos arreglos.

Laura estaba emocionadísima.

Quería pintar.

Cambiar ventanas.

Hacer una cochera.

Construir un cuarto adicional.

Poner un pequeño asador en el patio.

Manuel trabajaba jornadas largas como soldador industrial.

Llegaba cubierto de polvo metálico, se bañaba y muchas veces se sentaba frente al televisor con una expresión de absoluto cansancio.

Laura lo interpretaba como flojera.

Algunas veces realmente lo era.

Manuel jamás había ocultado que disfrutaba descansar.

—Para eso existen los domingos —decía.

Mientras Laura podía encontrar 14 cosas pendientes apenas miraba alrededor.

El problema fue que, poco a poco, convirtió aquella diferencia de personalidad en una competencia.

Si Manuel tardaba una semana en arreglar algo, ella lo hacía en una tarde.

Y después se resentía porque había tenido que hacerlo.

Si él proponía contratar a alguien, Laura respondía:

—¿Para qué voy a pagar por algo que tú puedes hacer?

Pero cuando Manuel intentaba hacerlo y no quedaba perfecto, también recibía críticas.

Así ocurrió con los azulejos.

Manuel había advertido:

—Yo sé soldar, Laura. Albañil no soy.

—Tampoco estás construyendo una catedral.

Cuando las piezas se desprendieron aquella madrugada, Laura lo insultó durante casi media hora.

Él solamente recogió los pedazos.

Nunca volvió a intentar colocar azulejos.

Laura no se había detenido a pensar en eso.

Durante el desayuno, decidió hacer una prueba.

—Manuel.

—Mande usted.

—Quiero cambiar la sala.

Él mordió un pedazo de pan.

—Cámbiala.

—¿No quieres verla primero?

—Si tú la vas a escoger mejor que yo.

—¿Y si compro una rosa?

Manuel la miró alarmado.

—Bueno… tampoco abuses de mi confianza.

Laura soltó una carcajada.

Hacía meses que no reía así con él.

—También quiero comprarme un abrigo.

—Pues cómpratelo.

—Cuesta caro.

—Mientras no tengamos que vender un riñón.

—¿No quieres controlar en qué gasto?

Manuel frunció el ceño.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

Aquella pregunta era sencilla.

Pero a Laura le golpeó profundamente.

Porque Rodrigo sí controlaba.

Sofía ni siquiera podía elegir un sillón.

Y Laura podía administrar prácticamente todo el dinero de la casa sin que Manuel le exigiera explicaciones.

Ella había interpretado esa libertad como desinterés.

Quizás había sido injusta.

—¿Te molesta que yo tome tantas decisiones?

—No.

—¿Por qué?

Manuel se encogió de hombros.

—Porque eres mi esposa, no mi hija.

Laura se quedó en silencio.

—Además —continuó él—, tú eres mejor para muchas cosas de la casa. Yo sé otras. Si algún día tenemos que soldar el refrigerador al piso, ahí sí entro yo.

Ella volvió a reír.

Manuel sonrió satisfecho.

—Eso. Ya regresó mi conejita.

Aquella tarde, alguien llamó discretamente a la puerta.

Era Sofía.

No llevaba maquillaje.

Tenía al pequeño Emiliano tomado de la mano.

—¿Podemos hablar?

Laura la dejó pasar.

Manuel estaba arreglando una pieza metálica en el patio, así que ambas se sentaron en la cocina.

Sofía tardó varios minutos en decir algo.

—Perdón por ayer.

—Tú no tienes que pedirme perdón.

—Rodrigo se pone nervioso cuando hay visitas.

Laura negó lentamente.

—Sofía, no tienes que justificarlo.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—No siempre fue así.

Laura sintió un escalofrío.

Sofía comenzó a contarle que Rodrigo había cambiado cuando empezó a ganar mucho dinero trabajando en proyectos industriales en Sonora.

Al principio solamente decidía asuntos grandes.

Después comenzó a controlar los gastos.

Luego la ropa.

Las amistades.

Las visitas.

—Si compro algo sin preguntarle, me dice que soy una irresponsable.

—Pero tú también eres dueña de lo que tienen.

Sofía soltó una risa amarga.

—Según él, como yo no genero dinero, no aporto.

Laura miró a Emiliano jugando silenciosamente con un cochecito.

—Tú cuidas a su hijo.

—Para Rodrigo eso no cuenta.

Laura sintió rabia.

Todo aquello destruía la imagen perfecta que había construido desde su jardín.

Ese hombre eficiente que levantaba paredes y reparaba techos también podía derrumbar poco a poco a la persona que vivía junto a él.

—¿Por qué no le pones un límite?

Sofía bajó la voz.

—Porque cada vez que intento hacerlo me recuerda que la casa está a su nombre, la camioneta está a su nombre y que podría quitarme todo.

Laura tomó su mano.

—Eso no funciona así.

—Ya sé. Lo averigüé.

Sofía respiró profundamente.

—Quiero conseguir trabajo.

—¿Y él qué dice?

—Que no.

Laura abrió los ojos.

—¿Cómo que no?

—Dice que una esposa decente debe cuidar su casa.

Aquella frase terminó de romper algo dentro de ella.

Laura pensó en Manuel.

Durante años ella había trabajado como encargada administrativa de una tienda de materiales.

Nunca pidió permiso.

Cuando quiso estudiar un curso nocturno de contabilidad, Manuel cocinó durante 3 meses aunque solamente sabía preparar huevos, frijoles y quesadillas.

Cuando Laura recibió un aumento mayor que el suyo, él celebró comprando un pastel.

Nunca se sintió amenazado.

Nunca intentó disminuirla.

Y ella se había convencido de que eso significaba falta de carácter.

—Sofía, ¿quieres que te ayude?

La mujer comenzó a llorar.

—Solo necesito alguien con quien hablar.

Laura la abrazó.

Desde el patio se escuchó la voz de Manuel.

—¿Quieren café?

Sofía se secó rápidamente los ojos.

—Sí.

Manuel apareció unos minutos después con 2 tazas.

Notó que algo ocurría.

No preguntó.

Solo dejó el café y dijo:

—Si necesitan hablar, voy a estar afuera.

Sofía lo observó marcharse.

—Rodrigo jamás haría eso.

Laura sintió un nudo en la garganta.

Aquella misma noche buscó a Manuel.

Él estaba sentado en el sillón mirando un partido.

Laura apagó el televisor.

—Tenemos que hablar.

Manuel abrió mucho los ojos.

—¿Otra vez quieres divorciarte?

Ella sintió vergüenza.

—No.

—Qué alivio. Estaba empezando a aprender a usar la lavadora.

Laura se sentó a su lado.

—He sido horrible contigo.

Manuel guardó silencio.

—Te he llamado flojo, inútil, animal…

—Burro.

—Sí.

—Tortuga.

—También.

—Una vez me dijiste “mueble con pulso”.

Laura se tapó la cara.

—Dios mío.

Manuel sonrió.

—Ese estuvo creativo.

—No es gracioso.

Esta vez él dejó de bromear.

Laura respiró profundamente.

—Yo estaba frustrada. Sentía que todo recaía sobre mí.

—Entonces debiste decírmelo.

—Te lo decía.

—No. Me gritabas.

Aquella respuesta dolió porque era cierta.

Manuel continuó con calma.

—Cuando me dices “necesito que hagas esto”, entiendo. Cuando empiezas con que soy un inútil, después de la segunda palabra dejo de escuchar.

—¿Por qué nunca me respondiste?

—Porque te amo.

Laura lo miró.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí. Si tú estás enojada y yo me enojo, terminamos diciendo cosas que después no podemos recoger.