PARTE 3
Durante unos segundos ninguno habló.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
Esteban miró la mochila sobre la cama y después los documentos que ella todavía sostenía entre las manos.
—¿Qué estás haciendo?
Valeria quiso inventar una excusa.
Decir que estaba ordenando.
Que iba a guardar ropa.
Que no significaba nada.
Era lo que había hecho durante 2 años: suavizar cada situación para evitar una discusión.
Pero esa noche ya no pudo.
—Me voy.
Esteban parpadeó.
Luego soltó una risa corta.
—¿A esta hora?
—Sí.
—Deja de hacer tonterías y métete a dormir.
Valeria tomó la mochila.
Él se colocó frente a la puerta.
—¿Por qué haces esto?
Ella lo miró sorprendida.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
—Porque mi mamá te pidió unas galletas, ¿vas a destruir un matrimonio?
—No es por las galletas.
—Entonces por lo de la boutique. Valeria, fue hace un año. Supéralo.
—No entiendes.
—Lo entiendo perfectamente. Te estás comportando como una niña.
Aquella frase, extrañamente, le dio calma.
Por primera vez pudo ver el mecanismo completo.
Cada vez que ella se quejaba, exageraba.
Cada vez que lloraba, era demasiado sensible.
Cada vez que pedía algo, era egoísta.
Cada decisión de Esteban era razonable.
Cada necesidad de su madre era urgente.
Y Valeria siempre terminaba pidiendo perdón.
—Hazte a un lado.
—No.
—Esteban.
—Mañana hablamos.
—No quiero hablar mañana. Quiero salir ahora.
El ruido despertó a doña Teresa.
—¿Qué pasa?
Apareció en el pasillo con su bata.
Cuando vio la mochila, entendió enseguida.
—¡Mira nada más! —exclamó—. Después de todo lo que esta familia ha hecho por ti.
Valeria casi se rio.
—¿Qué han hecho por mí?
—Te dimos casa.
—Esta casa la paga Esteban y yo la he cuidado todos los días.
—Te alimentamos.
—Yo compro, cocino y sirvo la comida.
Doña Teresa abrió los ojos.
No estaba acostumbrada a escucharla responder.
—Esteban, ¿vas a permitir que me hable así?
Valeria esperó la reacción habitual.
Y llegó.
—Pídele disculpas a mi mamá.
Ella respiró profundamente.
—No.
Esteban la miró como si hubiera hablado en otro idioma.
—¿Qué?
—No voy a pedirle disculpas.
La anciana comenzó a llorar.
Pero Valeria ya conocía ese llanto. Había aparecido muchas veces exactamente cuando Esteban necesitaba recordar quién era la víctima oficial de aquella casa.
—Mira cómo la pusiste.
—No la puse de ninguna manera.
—Valeria, deja la mochila.
—Hazte a un lado.
Quizá algo en su voz cambió.
Quizá Esteban comprendió que esta vez no funcionaría el silencio, la culpa ni las amenazas.
Finalmente se apartó.
—Si sales por esa puerta, no regreses.
Valeria lo miró.
Dos años antes esa frase la habría destruido.
Aquella noche sintió alivio.
—Eso espero.
Salió.
Cerró la puerta detrás de ella y caminó hasta la avenida.
Hacía frío.
Eran casi las 2 de la mañana.
Pidió un auto desde su teléfono y se quedó esperando bajo la luz blanca de una farmacia abierta las 24 horas.
Tenía una mochila, $18,000 pesos y ningún plan.
Cuando subió al automóvil, el conductor preguntó:
—¿A dónde vamos?
Valeria abrió la boca.
No sabía.
Terminó dando la dirección de una pequeña pensión en Tlaquepaque que había visto meses atrás cuando acompañó a doña Teresa a comprar telas para unas cortinas.
La habitación que consiguió era diminuta.
Una cama individual.
Un ventilador viejo.
Un baño con una llave que goteaba.
Las paredes tenían marcas de humedad.
Pero cuando cerró la puerta, nadie gritó su nombre.
Nadie pidió té.
Nadie preguntó dónde estaba la cena.
Nadie le ordenó sonreír.
Valeria se sentó sobre la cama.
Y lloró.
No solamente por tristeza.
Lloró por el miedo.
Por los años desperdiciados.
Por la mujer que había dejado de reconocer en el espejo.
Y también lloró porque, por primera vez en muchísimo tiempo, podía hacerlo sin preocuparse de que alguien le dijera que estaba exagerando.
A las 7 de la mañana comenzó el bombardeo de llamadas.
23 llamadas de Esteban.
8 de doña Teresa.
6 de Gerardo.
4 de Sandra.
Después llegaron los mensajes.
“Regresa y hablamos como adultos.”
“Mi mamá se puso mal por tu culpa.”
“No puedes abandonar tus responsabilidades.”
“Toda la familia ya sabe lo que hiciste.”
El mensaje de doña Teresa era todavía más directo:
“Dios castiga a las mujeres desagradecidas.”
Valeria bloqueó los números.
Los primeros días fueron difíciles.
Buscó empleo en tiendas de ropa, mercerías y locales de telas.
En un negocio de la zona de Medrano aceptaron contratarla como vendedora.
El sueldo era modesto, pero para Valeria significaba algo enorme.
Era dinero ganado por ella.
Su primera quincena la guardó en un sobre.
Compró comida.
Pagó la renta.
Se compró una blusa color rojo intenso.
Cuando se miró al espejo, recordó que Esteban siempre decía:
—Ese color llama demasiado la atención.
La compró precisamente por eso.
En el trabajo conoció a Marisol, una compañera de 31 años que llevaba años cosiendo vestidos para eventos.
Una tarde, mientras acomodaban rollos de tela, Marisol vio un cuaderno dentro de la bolsa de Valeria.
—¿Tú dibujaste esto?
Valeria intentó guardarlo.
—Son cosas viejas.
—No parecen cosas viejas.
Marisol pasó las páginas.
Había vestidos infantiles con bordados, conjuntos para cumpleaños, chamarras ligeras, faldas con aplicaciones florales.
—¿Por qué no haces ropa?
Valeria soltó una pequeña risa.
—Porque para hacer ropa necesitas dinero, máquinas, clientes…
—Yo pregunté por qué no haces ropa, no por qué todavía no tienes una fábrica.
Aquella noche Valeria pensó mucho en esa frase.
Con parte de sus ahorros compró una máquina de coser usada por $2,800 pesos.
Estaba rayada y hacía un ruido extraño al arrancar, pero funcionaba.
Comenzó a practicar después del trabajo.
Las primeras prendas salieron torcidas.
Una falda quedó demasiado corta.
Un vestido tenía una manga ligeramente diferente a la otra.
