PARTE 1
—Acuérdate bien: mi mamá es sagrada. Si vuelves a hacerla sentir incómoda por una tontería, vas a conocerme de verdad.
Esteban aventó las llaves sobre la cómoda con tanta fuerza que cayeron al piso.
Valeria seguía frente al fregadero, con las manos cubiertas de jabón y la espalda adolorida después de casi una hora limpiando la cocina.
—Solo le pedí que no dejara sus cosas tiradas en el pasillo —respondió.
—¿Le pediste? —Esteban se acercó—. ¿Tú quién eres para darle órdenes a la mujer que me crió?
Valeria bajó la mirada.
Llevaba 2 años casada y ya conocía esa escena demasiado bien.
Al principio, Esteban había sido atento. Flores, mensajes, promesas. Incluso le juró que la ayudaría a cumplir su sueño de diseñar ropa infantil.
Todo cambió un mes después de la boda, cuando doña Teresa, su madre de 82 años, se mudó con ellos a Guadalajara.
Desde entonces, Valeria dejó de ser esposa.
Se convirtió en cocinera, empleada doméstica, enfermera y blanco de todas las quejas.
—¡Valeria! —gritó doña Teresa desde su habitación—. ¡Mi té!
Valeria preparó la charola.
—Tres cucharadas de azúcar —ordenó la anciana—. Y tráeme galletas.
—Doña Teresa, hace media hora se terminó un paquete. El médico dijo que debería controlar…
—¡Esteban!
Él apareció inmediatamente.
—¿Qué pasó, mamá?
—Tu esposa quiere matarme de hambre.
Esteban volteó hacia Valeria.
—Tráele las galletas.
Ella obedeció.
Más tarde llegaron Gerardo, hermano de Esteban, y Sandra, su esposa.
Entraron sin ayudar con nada. Gerardo dejó huellas de tierra sobre el piso recién trapeado mientras Sandra se instalaba en la cocina.
—Hazme café con leche —pidió—. Y que esté dulce.
Después miró a Valeria con una sonrisa burlona.
—No entiendo por qué siempre tienes esa cara. Tienes marido, casa, no necesitas trabajar… deberías estar agradecida.
Durante la cena, nadie preguntó cómo estaba ella.
Solamente daban órdenes.
Más té.
Más tortillas.
Más comida.
Más café.
Cuando Valeria entró a la sala, escuchó a doña Teresa decir:
—Esta muchacha no sirve para una familia. Te lo advertí, Esteban.
Gerardo soltó una carcajada.
—Pues edúcala, hermano.
Todos rieron.
Valeria apretó la charola entre las manos.
Pero entonces Sandra dijo algo que la hizo detenerse.
—Aunque pensándolo bien… quizá fue mejor que Esteban rechazara aquella llamada de la boutique.
Valeria levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué llamada?
El silencio cayó de golpe.
Esteban dejó de sonreír.
Sandra palideció.
Y Valeria comprendió que acababa de descubrir algo que nadie tenía intención de contarle.
No podía imaginar hasta dónde llegaba la traición que estaba a punto de descubrir.
