ntht/ Durante dos años mi suegra me ordenó cocinar, limpiar y servirla, y mi esposo repetía que mis diseños de ropa eran una pérdida de tiempo. Cuando descubrí que todos conocían mis sueños y aun así se burlaban de ellos, decidí abandonar la casa con solo 18 mil pesos.

PARTE 2

—¿Qué llamada? —repitió Valeria.

Sandra miró inmediatamente a Esteban.

—Nada. Me confundí.

—No te confundiste. Dijiste una boutique.

Esteban se levantó.

—Ya vas a empezar con tus dramas.

Pero Valeria recordó algo.

Un año atrás había enviado fotografías de sus diseños a varias tiendas infantiles de Guadalajara y Zapopan. Nunca recibió respuesta.

O eso creyó.

—Sandra, dime qué pasó.

—No tengo por qué meterme.

—Ya te metiste.

Gerardo golpeó la mesa.

—Bájale, Valeria. Estás hablando con una invitada.

Aquella frase terminó de encender algo dentro de ella.

¿Invitada?

Sandra podía fumar en su cocina, exigir café y ensuciar.

Doña Teresa podía arrojar ropa al suelo.

Gerardo podía entrar con zapatos llenos de tierra.

Pero Valeria, que limpiaba detrás de todos, parecía ser la intrusa.

Sandra suspiró.

—Hace como un año yo estaba aquí cuando llamó una señora. Preguntó por ti. Dijo que había visto unos diseños tuyos y quería entrevistarte.

Valeria sintió un vacío en el estómago.

—¿Y?

Sandra miró a Esteban.

—Él contestó.

Valeria volteó hacia su marido.

—¿Qué le dijiste?

—Que no estabas interesada.

—¿Por qué?

—Porque estabas casada.

—¿Qué tiene que ver?

—Todo. Mi mamá necesitaba ayuda. ¿Ibas a dejarla sola para jugar a ser diseñadora?

Valeria sintió que algo se rompía.

No era solamente que Esteban no la apoyara.

Había decidido por ella.

Había cerrado una puerta sin siquiera permitirle saber que existía.

Doña Teresa intervino desde su sillón:

—Y qué bueno que lo hizo. Las mujeres casadas primero atienden su casa.

—Entonces ustedes sabían.

Nadie respondió.

Valeria observó las caras alrededor de la mesa.

Todos lo sabían.

Sandra bajó la mirada.

Gerardo tomó su vaso.

Doña Teresa parecía incluso satisfecha.

Esteban se acercó.

—Ya estuvo. Mañana se te pasa.

—No.

La palabra salió tan tranquila que hasta él se sorprendió.

—¿Qué dijiste?

—Que no se me va a pasar.

Esa noche Valeria terminó de lavar los platos mientras todos se iban a dormir.

Pasaba de medianoche cuando apagó la cocina.

Se quedó sentada en la oscuridad.

Recordó los vestidos que diseñaba antes de casarse.

Los cuadernos escondidos en el fondo del clóset.

Los colores que Esteban decía que eran demasiado llamativos.

Las veces que había querido buscar empleo y él respondía:

—¿Para qué? Yo te mantengo.

Entonces comprendió algo doloroso.

No la estaban cuidando.

La estaban manteniendo atrapada.

Entró silenciosamente a la recámara.

Esteban dormía.

Sacó una mochila vieja y comenzó a guardar documentos, 2 cambios de ropa, su celular y los $18,000 pesos que había escondido durante meses entre una caja de zapatos.

Cuando cerró la mochila escuchó un ruido detrás de ella.

La puerta acababa de abrirse.

Y Esteban estaba parado en el marco, mirándola.