—Aquí están los gastos que pagué creyendo que eran tuyos, Mariana. Aquí están los mensajes de tu padre. Y aquí están las transferencias que Carmen prometió devolver.
Mi hija comenzó a leer. Su rostro cambió lentamente.
—Papá… ¿sabías que Carmen usaba mi tarjeta?
Mauricio evitó mirarla.
Carmen intentó cerrar la carpeta.
—Esto es una exageración. Somos familia.
—No —respondí—. Familia no es usar a una hija para robarle a su madre.
Entonces mostré el último documento: una solicitud de crédito automotriz a nombre de Mariana, preparada para comprarle una camioneta que ella ni siquiera había pedido formalmente.
Mariana miró la firma del aval y palideció.
—Esa no es mi firma.
Carmen dejó de sonreír.
Y justo cuando Mauricio intentó quitarme los papeles, entró la persona que podía demostrar quién había planeado todo desde el principio…
PARTE 3
La mujer que entró a la cafetería se llamaba Paola Ríos. Había trabajado durante dos años como asistente administrativa de Mauricio en la agencia automotriz donde él era gerente de ventas.
Llevaba una memoria USB y una carpeta sellada.
—Señor Salgado —dijo, mirando a Mauricio—, ya entregué una copia de esto al área jurídica de la empresa.
Mauricio se levantó de golpe.
—No tienes derecho a traer asuntos laborales a una reunión familiar.
—Usted convirtió los asuntos familiares en fraude cuando utilizó datos de su hija para tramitar un crédito.
Mariana parecía no entender.
Paola se sentó junto a mí. Nos habíamos conocido aquella mañana, después de que llamé a la agencia para preguntar por la solicitud. Ella había reconocido el folio y aceptó verme porque llevaba meses guardando pruebas de irregularidades.
Abrió la carpeta.
