—¡No puedes hacerme esto! Tengo clases, reuniones, una vida.
—Entonces llama a Carmen. Según tú, ella sí sabe resolverlo todo.
Mariana me colgó. Diez minutos después llamó Mauricio.
—Verónica, deja de actuar como adolescente.
—La adolescente es la hija adulta que insulta a quien paga sus cuentas.
Él trató de intimidarme con el convenio de divorcio, pero Mariana ya había cumplido 21 años y la colegiatura adicional era una ayuda voluntaria. Yo no estaba incumpliendo ninguna obligación.
Después llamó Carmen.
—Mariana está destrozada. Una madre de verdad no abandona así a su hija.
—Una madre de verdad tampoco enseña a una muchacha a despreciar a quien la ha mantenido.
—Yo solo quise elevar sus aspiraciones.
—¿Con mi dinero?
Hubo silencio.
La noche anterior había encontrado cargos extraños en la tarjeta de Mariana: reservaciones en spas, anticipos para ropa y dos pagos a una boutique de Polanco. Al revisar fechas y conversaciones antiguas, entendí que Carmen pedía a Mariana “comprar primero” y prometía reembolsarle después. Nunca lo hacía.
En once meses, casi 96,000 pesos de mi tarjeta habían terminado financiando regalos, tratamientos y salidas de ambas. Mauricio lo sabía. Incluso había escrito en un mensaje que Mariana me reenvió por error:
“Tu mamá siempre paga. No hagas drama y luego le dices que fue material de la universidad”.
Guardé capturas, estados de cuenta y comprobantes.
Ese mismo día cité a Mauricio y Carmen en una cafetería. Llegaron molestos; Mariana apareció detrás de ellos, con los ojos hinchados.
Puse una carpeta sobre la mesa.
