PARTE 1
—Carmen no es una fracasada como tú, mamá. Ella sí sabe lo que significa triunfar.
Mi hija pronunció esas palabras en voz suficientemente alta para que las mesas cercanas dejaran de conversar.
Me llamo Verónica Salgado, tengo 42 años y durante más de dos décadas he trabajado como contadora en una empresa de logística de la Ciudad de México. Aquella tarde había invitado a mi hija, Mariana, a comer en un restaurante de Coyoacán porque llevábamos meses hablando solo por mensajes cortos.
Mariana tenía 21 años y cursaba el último año de Mercadotecnia en una universidad privada. Yo pagaba su colegiatura, el seguro médico, la gasolina y una tarjeta adicional para “emergencias”. También le había prestado mi Mazda, comprado de segunda mano, para que pudiera trasladarse al campus.
Llegó media hora tarde, vestida con una bolsa nueva y unos lentes que jamás le había visto.
—Necesito que cambiemos el coche —dijo sin saludarme bien—. Mis compañeros traen camionetas nuevas. Carmen dice que ese Mazda da una imagen muy mediocre.
Carmen era la segunda esposa de mi exmarido, Mauricio. Tenía 33 años, publicaba cada desayuno, cada bolso y cada visita al spa en redes sociales. Para Mariana, ella representaba elegancia, juventud y éxito. Yo, en cambio, era la mujer que preguntaba cuánto costaban las cosas.
—El coche está pagado, asegurado y funciona perfectamente —respondí.
Mariana soltó una risa seca.
—Ese es tu problema, mamá. Siempre piensas en sobrevivir, nunca en vivir. Papá evolucionó cuando se casó con Carmen. Ella tiene clase, contactos, ambición… no es una fracasada como tú.
