Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Durante cuatro años había trabajado horas extra para que Mariana no perdiera oportunidades después del divorcio. Mientras Mauricio y Carmen subían fotografías desde Cancún, Valle de Bravo o restaurantes de Polanco, yo aplazaba citas médicas, usaba la misma ropa y comía en la oficina para ahorrar.
No respondí. Pagué la cuenta y la dejé frente al departamento que compartía con dos compañeras.
Esa noche abrí mi banca en línea. Vi la colegiatura, la tarjeta, el seguro, la mensualidad del teléfono y los depósitos que hacía cada semana. Después recordé la voz de Mariana llamándome fracasada.
A las 4:17 de la madrugada cancelé la tarjeta adicional, suspendí las transferencias voluntarias y reporté que recogería mi automóvil.
Pero lo peor no fue lo que hice.
Lo peor fue descubrir, entre mis estados de cuenta, que alguien llevaba meses usando mi dinero para construir la vida lujosa con la que mi propia hija me humillaba.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2
A las ocho de la mañana fui por el Mazda. Estaba registrado a mi nombre, así que usé la llave de repuesto y lo llevé a casa.
La primera llamada de Mariana llegó antes de las nueve.
—¡Mamá, desapareció el coche y mi tarjeta fue rechazada!
—El coche es mío y la tarjeta también.
