“Ni siquiera puedes pagar un abogado”, se burló mi esposo mientras su amante sonreía en pleno tribunal. Después de 5 años dedicada a nuestro hijo, todos parecían verme como una ama de casa indefensa. No discutí; simplemente coloqué 3 carpetas sobre la mesa. El juez abrió una, miró al abogado de mi esposo y preguntó: “¿De verdad no sabe quién es ella?”. Entonces mi esposo palideció. Advertisements
Ricardo había utilizado mi casa para obtener dinero sin mi autorización.
Durante las siguientes semanas reuní estados de cuenta familiares, recibos y documentos mercantiles a los que tenía acceso legítimo. Mi abogada inmobiliaria me ayudó a solicitar copias certificadas y preparar los requerimientos necesarios para rastrear la operación.
El primer dato llegó pocos días después.
De los $2,400,000 MXN obtenidos, $1,900,000 habían sido transferidos a una operación inmobiliaria.
El resto no aparecía en nuestras cuentas familiares.
También encontré pagos periódicos de $80,000 MXN que Altavia registraba como servicios de mercadotecnia.
La beneficiaria era V. Mendoza.
Valeria Mendoza.
La asistente de mi esposo.
Abrí su fotografía en el directorio corporativo.
Era la misma joven que Ricardo había presentado durante una fiesta navideña como alguien indispensable para su departamento.
Me quedé inmóvil.
Ricardo me había obligado a vender mi camioneta mientras utilizaba dinero obtenido con mi patrimonio para pagarle a su amante.
Pero faltaba explicar el destino de los $1,900,000.
Continué investigando.
Una sociedad llamada Inmuebles VM había adquirido un departamento de lujo en Santa Fe por $7,600,000 MXN.
Su representante era Valeria.
La diferencia entre el precio de compra y el financiamiento registrado coincidía con aquella transferencia.
Cuando comprendí lo que significaba, sentí que me faltaba el aire.
Mi esposo no solamente me engañaba.
Había financiado el departamento de su amante utilizando mi casa como garantía.
Esa noche llegó a las 7:30.
Abrió el refrigerador y vio el detergente que acababa de comprar.
—¿Otra vez compraste el caro? —reclamó—. Mariana, cada peso cuenta.
Lo miré mientras sostenía la cuchara de madera sobre una olla de sopa.
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—Tienes razón —respondí—. Voy a revisar mejor las cuentas.
Sonrió satisfecho y se fue a ver televisión.
No sabía que llevaba semanas revisándolas.
Dos días después, mi abogada me llamó.
—Mariana, tenemos la copia certificada del poder que utilizaron para hipotecar tu propiedad.
—¿Y?
Hubo un silencio.
—La firma parece imitada. Pero hay algo todavía más grave.
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Me senté.
—¿Qué encontraste?
—El notario que supuestamente autorizó ese instrumento estaba suspendido de funciones en la fecha que aparece en el documento.
Miré hacia el jardín, donde Santiago jugaba con sus carritos.
Y comprendí que aquello ya no era solamente una infidelidad.
Alguien había fabricado un documento notarial para quedarse con mi patrimonio.
Lo que todavía no sabía era si Ricardo había actuado solo.
Parte 2: Llevé los documentos a la licenciada Patricia Beltrán, quien había gestionado la compra de mi casa años atrás.
Los examinó durante casi una hora.
—Esto puede constituir un fraude, Mariana. Tenemos que denunciar y proteger el inmueble.
—¿Ricardo se enterará?
—Eventualmente, sí. Pero ahora lo importante es impedir otra operación.
Presentamos una denuncia ante la Fiscalía y solicitamos medidas para preservar la documentación original. También iniciamos las acciones civiles correspondientes para cuestionar la validez de la garantía.
Después busqué a Ernesto Lozano, un abogado familiarista que conocía desde mi antigua vida profesional.