“Ni muerta deja de dar problemas”, murmuró mi marido mientras escondía mi celular en el ataúd y su amante sonreía a pocos pasos. Ellos esperaban quedarse con una empresa millonaria después de mi funeral, pero olvidaron algo que yo había firmado un mes antes. Cuando recuperé el sentido, solo pedí papel, mi teléfono y silencio. Horas después, él recibió un mensaje imposible… y todavía faltaba conocer el secreto más grave.

Adriana aceptó.

Sin embargo, antes de terminar, pidió una última cosa.

—Quiero que él sepa que sigo viva antes de que lo arresten.

—Eso puede complicarlo.

—No quiero tocarlo. No quiero amenazarlo. Solo quiero mirarlo a los ojos cuando entienda que me enterró viva y fracasó.

Tomás, que permanecía junto a la puerta, habló por primera vez.

—Y yo quiero estar ahí.

Aquella noche, Adriana envió desde su propio número el video que mostraba a Lorena abrazando a Javier en la sala de la casa.

Añadió una frase:

“Mientras tú celebrabas mi muerte, ella ya buscaba al siguiente dueño de mis hoteles.”

Héctor recibió el mensaje cerca de las once.

Cinco minutos después llamó a Lorena.

Ella no contestó.

Entonces fue a la casa.

Lorena estaba ahí recogiendo ropa y documentos.

—¿Desde cuándo estás con Salinas? —preguntó Héctor.

Ella se quedó inmóvil.

—No sé de qué hablas.

Héctor le mostró el video.

El rostro de Lorena cambió.

Por unos segundos, ninguno fingió.

—¿Quién te mandó eso?

—Adriana.

Lorena soltó una risa nerviosa.

—Adriana está muerta.

—¡Su teléfono me lleva una semana escribiendo!

—Entonces alguien te está manipulando.

—¿Tú?

—No seas ridículo.

Héctor comenzó a acusarla de haber planeado todo para quedarse con el negocio. Lorena, cansada y acorralada, terminó diciendo algo que él no esperaba.

—¿Quedarme con tu negocio? Nunca fue tuyo. Ese fue siempre tu problema. Tú eras el marido de Adriana y nada más.

El golpe fue directo al orgullo.

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—Sin mí no habrías llegado a nada.

—Sin ella tú no habrías pisado ni la recepción de uno de esos hoteles.

Héctor palideció.

Lorena tomó su bolsa.

—Yo hice lo que tú no te atrevías a hacer solo. Conseguí el medicamento, controlé sus horarios y cubrí tus errores. Me prometiste la mitad. Ahora resulta que ni siquiera pudiste revisar qué había firmado antes de enterrarla.

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