News ntht/ El día que me ascendieron, mi prometido no me felicitó; me pidió que rechazara el puesto porque «una esposa necesita una vida normal». Me quedé helada al comprender que durante años había renunciado a proyectos para no incomodarlo. Pensaba devolverle el anillo esa misma noche, pero durante una cena vi un mensaje aparecer en el teléfono de su madre: «Funcionó…» y entendí que los dos sabían mucho más sobre el sabotaje de mi carrera de lo que admitían.

PARTE 2

—¿No estás feliz por mí? —le pregunté.

Andrés levantó la mirada.

—Claro que estoy feliz. Solo digo que podrías pensarlo. Una dirección regional significa más presión, viajes, horarios horribles… y estamos a punto de casarnos.

—Son dos meses.

—Hoy son dos meses. Después puede ser otra ciudad, otro proyecto, otra promoción.

Sonrió con esa expresión tranquila que siempre conseguía hacerme sentir exagerada.

—Solo quiero que tengamos una vida normal.

Aquella frase se me quedó clavada.

Una vida normal.

Durante años había interpretado comentarios así como preocupación.

Cuando conseguí mi cliente más importante, Andrés dijo que no debía obsesionarme con demostrar nada.

Cuando me invitaron a hablar en una conferencia, preguntó si realmente valía la pena perder un sábado.

Una vez, cenando con sus amigos, alguien me preguntó por una negociación complicada. Conté la historia y todos parecían interesados.

Camino a casa, Andrés me dijo:

—Hablaste demasiado de trabajo. Para la gente que no te conoce puede ser aburrido.

Le creí.

La siguiente vez hablé menos.

Y la siguiente, todavía menos.

Lo extraño era que precisamente mi ambición había sido lo que le gustó de mí al principio.

En nuestra tercera cita me dijo:

—Yo jamás estaría con una mujer mantenida. Quiero una compañera, alguien que esté a mi nivel.

Ahora empezaba a comprender la parte que nunca había dicho en voz alta:

A su nivel.

Pero nunca por encima.

Tres días antes de mi viaje a Ciudad de México, Elena nos invitó a cenar.

Acepté.

Quería verla después de su fracaso.

Su casa en Zapopan era impecable. Olía a canela y café recién hecho.

Después de saludar a Andrés con besos y abrazos, Elena apenas me ofreció la mano.

Más tarde nos enseñó algunas remodelaciones.

Al final del pasillo abrió una puerta.

Era una habitación vacía, recién pintada.

—Aquí quedaría preciosa la recámara del bebé —dijo.

Miré a Andrés.

Él guardó silencio.

Durante la cena, Elena preguntó:

—¿Entonces sí te vas dos meses?

—Sí.

—Qué difícil para una pareja que está por casarse. En dos meses pueden pasar muchas cosas.

Sonreí.

—Por cierto, quería darle las gracias.

Dejó el tenedor.

—¿A mí?

—Sí. Y también a Patricia. Dígale que encontrar mi currículum terminó siendo una enorme ayuda. Gracias a eso adelantaron mi ascenso.

El rostro de Elena cambió.

Ya no fingió.

—Mariana, yo quiero para mi hijo una esposa de verdad. Una mujer que construya un hogar, que tenga hijos, que esté presente. No alguien que viva entre aeropuertos, reuniones y clientes.

Esperé que Andrés dijera algo.

“Mamá, basta.”

“Mariana puede decidir sobre su carrera.”

“Yo estoy orgulloso de ella.”

Cualquier cosa.

Pero Andrés bajó la mirada.

Se quedó observando el mantel.

Entonces entendí el verdadero objetivo de Elena.

Ella no había actuado sola.

Quizá Andrés no sabía exactamente lo del currículum.

Pero compartía la misma idea.

Querían una Mariana suficientemente exitosa para no depender económicamente de ellos, pero no tanto como para obligar a Andrés a adaptarse a mi vida.

Elena tomó su taza.

—Mi hijo necesita estabilidad.

Yo miré a Andrés.

—¿Eso es lo que tú también quieres?

Él levantó la cabeza.

Abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Elena vibró sobre la mesa.

En la pantalla apareció un mensaje.

Solo alcancé a leer dos palabras antes de que ella lo volteara:

“Patricia: Funcionó…”

Y en ese instante comprendí que lo del currículum quizá no había sido el único movimiento que habían hecho a mis espaldas.