PARTE 3
Elena tomó el teléfono tan rápido que confirmó lo que yo ya sospechaba.
—¿Qué funcionó? —pregunté.
—No sé de qué hablas.
—El mensaje de Patricia.
Andrés soltó un suspiro.
—Mariana, por favor. Estamos cenando.
Lo miré incrédula.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Elena dejó la taza sobre el plato.
—Patricia y yo hablamos de muchas cosas. No todo tiene que ver contigo.
—Entonces enséñeme el mensaje.
—No tengo por qué enseñarte mi teléfono.
—Claro que no.
Me puse de pie.
—Pero tampoco tengo por qué quedarme aquí fingiendo que somos una familia feliz.
Andrés salió detrás de mí.
Me alcanzó cuando ya estaba abriendo la puerta del coche.
—Espera.
—¿Sabías algo?
—¿De qué?
—No me contestes con otra pregunta. ¿Sabías que tu mamá estaba intentando meter problemas en mi trabajo?
—No sabía exactamente qué iba a hacer.
Me quedé inmóvil.
Exactamente.
Esa palabra lo cambió todo.
—Entonces sí sabías que iba a hacer algo.
Andrés se pasó las manos por el cabello.
—Mi mamá estaba preocupada. Eso es todo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que últimamente estabas demasiado enfocada en tu carrera.
Sentí una presión horrible en el pecho.
—¿Hablabas de mi trabajo con ella?
—Es mi mamá.
—Yo voy a ser tu esposa.
—Todavía no eres mi esposa, Mariana.
El silencio que siguió fue tan brutal que hasta él pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—No quise decirlo así.
—Pero lo dijiste exactamente como lo pensabas.
Subí al coche.
Andrés puso una mano sobre la puerta.
—Estás haciendo un drama.
—Tu mamá intentó hacer que me corrieran.
—No sabemos eso.
—Me llamó la noche anterior para decirme que después de lo que sucediera en mi trabajo tú cancelarías nuestra boda.
Esta vez no respondió.
Y ese silencio volvió a contestar por él.
—¿También sabías que me llamó?
—Me comentó que iba a hablar contigo.
—¿Y no pensaste en advertirme?
—Pensé que era mejor que ustedes resolvieran sus diferencias.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Sino porque llevaba dos años enamorada de un hombre que sabía convertir su cobardía en neutralidad.
Nunca tomaba partido.
Simplemente esperaba a que su mamá atacara y después decía que ambas debíamos tranquilizarnos.
Me fui.
Esa noche no lloré.
Eso me preocupó más.
Llegué a mi departamento, me quité los zapatos y me senté en el piso de la sala.
Pensé en nuestra relación desde el principio.
Nos conocimos durante una cena empresarial. Yo acababa de cerrar un contrato enorme con una cadena internacional y seguía llena de adrenalina.
Hablaba rápido.
Me reía fuerte.
Discutía cifras con uno de los directores.
Andrés se acercó cuando casi todos se habían ido.
—Te estuve observando toda la noche —me dijo—. No sé si tú controlas tu trabajo o tu trabajo te controla a ti.
Yo lo tomé como un cumplido.
Él era atractivo, educado, seguro. Trabajaba en la constructora que había fundado su padre y que heredó cuando este murió.
Decía admirar a las personas fuertes.
“Yo respeto a quien sabe ganarse lo suyo.”
“Me gustan las mujeres independientes.”
“No quiero una esposa que me pregunte hasta para comprar un par de zapatos.”
Todo parecía perfecto.
Solo que había una condición escondida.
Podía ser independiente siempre que mi independencia no alterara sus planes.
Podía ganar bien siempre que él siguiera ganando más.
Podía tener éxito siempre que mi éxito no llamara demasiado la atención frente a sus amigos.
Podía crecer siempre que él nunca tuviera que moverse para hacerme espacio.
Recordé otra cosa.
Un año antes me habían ofrecido participar en un proyecto en Monterrey durante tres semanas.
