PARTE 1
—Mañana te espera una sorpresa en el trabajo. Y después de verla, mi hijo va a cancelar la boda él solito.
Eso fue lo que me dijo Elena, mi futura suegra, a las diez y media de la noche, con una tranquilidad que me heló la sangre.
—¿De qué está hablando, señora Elena?
Soltó una risita.
—Ya lo entenderás, Mariana. Que descanses.
Y colgó.
Me quedé parada en medio de mi departamento en Guadalajara, mirando el teléfono como si pudiera explicarme algo.
¿Qué podía haber hecho esa mujer relacionado con mi trabajo?
Le escribí a Andrés, mi prometido. Llevábamos dos años juntos y faltaban cuatro meses para nuestra boda. Ya habíamos apartado el salón, pagado el anticipo del fotógrafo y mi vestido estaba en ajustes.
Andrés estaba de viaje en Monterrey.
“¿Sigues despierto? Tu mamá acaba de llamarme y dijo algo rarísimo.”
Aparecieron los tres puntitos.
Desaparecieron.
Finalmente respondió:
“Estoy muerto. Mañana hablamos.”
Eso fue todo.
Casi no dormí.
A las siete ya estaba de pie. Elegí un traje negro, me recogí el cabello y me maquillé con más cuidado que de costumbre. No porque quisiera verme bonita, sino porque tenía la sensación absurda de que iba a una batalla.
Llegué a la empresa antes de las nueve.
Yo llevaba tres años trabajando en desarrollo comercial para una compañía de logística. Tenía cuentas importantes, clientes extranjeros y una negociación enorme que llevaba meses construyendo.
Durante la primera hora no ocurrió nada.
Hasta que noté que Sofía, la recepcionista, me observaba demasiado.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, bajó los ojos.
Cinco minutos después sonó mi extensión.
—Mariana, el licenciado Arturo quiere verte en su oficina. Ahora.
Sentí un vacío en el estómago.
En el pasillo me encontré con Paula, del área jurídica.
Nunca habíamos sido amigas.
Pasó junto a mí y murmuró:
—Ánimo.
Ni siquiera se detuvo.
Ahí entendí que algo estaba pasando y que, aparentemente, todos lo sabían menos yo.
Entré al baño, cerré la puerta y me miré al espejo.
Espalda recta.
Respira.
No le des a Elena el gusto de verte destruida.
Cuando entré a la oficina de Arturo, él no estaba detrás de su escritorio. Se sentó frente a mí, con una carpeta sobre las piernas.
—Mariana, nos llegó información de que estás buscando trabajo en otras empresas.
Ahí lo entendí.
Tres semanas antes, después de que promovieran a un compañero menos preparado que yo, actualicé mi currículum en una plataforma de empleo.
Fue un impulso.
Ni siquiera había enviado solicitudes.
Pero Elena tenía una amiga, Patricia, directora de Recursos Humanos de un corporativo enorme.
Seguro había encontrado mi perfil.
Arturo continuó:
—No podemos arriesgarnos a perderte en este momento.
Colocó la carpeta frente a mí.
La abrí.
Y sentí que el mundo se detenía.
No era una carta de despido.
Era mi nombramiento como directora regional de desarrollo comercial.
Nuevo sueldo.
Bonos.
Equipo propio.
Y una asignación de dos meses en Ciudad de México para ayudar a abrir la nueva oficina.
Arturo sonrió.
—Esto debimos ofrecértelo desde hace meses.
Salí de ahí con las manos temblando.
Elena había intentado destruir mi carrera.
Y acababa de conseguirme el ascenso más importante de mi vida.
Pero cuando Andrés volvió esa noche y le conté la noticia, no sonrió como yo esperaba.
Miró la copa de vino que tenía entre las manos y preguntó:
—¿Dos meses en Ciudad de México?
—Sí. Regreso en abril. La boda es en mayo.
Él tardó demasiado en responder.
—No sé, Mariana… quizá no sea el mejor momento para aceptar algo así.
Entonces lo miré y sentí algo mucho peor que miedo.
Porque por primera vez pensé que Elena quizá conocía a su hijo mucho mejor que yo.
Y no podía imaginar hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
