Sofía tenía 5 años.
Yo tenía 7.
Nunca entendí qué había hecho para que ella mereciera vacaciones y yo terminara cargando mi ropa en una almohada.
Vivíamos en Querétaro.
Mi papá, Ricardo, administraba una agencia de automóviles, y mi mamá llevaba la contabilidad de una empresa privada.
Mi abuelo Ernesto, el padre de mi mamá, tenía un rancho cerca de San Juan del Río.
Criaba ganado y cultivaba maíz en unas tierras que su familia había trabajado durante generaciones.
Cuando llegamos, mi mamá apenas bajó de la camioneta.
—Haz que se porte bien, papá.
No quiero que me estés llamando por cualquier cosa.
Mi abuelo la observó en silencio.
Después me tomó de la mano.
—Ven, muchacho.
Te voy a enseñar dónde vas a dormir.
La camioneta desapareció entre el polvo antes de que pudiera despedirme de Sofía.
Aquella primera noche lloré debajo de una cobija que olía a madera guardada.
A las 6 de la mañana, mi abuelo abrió la puerta.
—Arriba, Daniel.
Los animales no saben que estás triste.
Lo seguí hasta los corrales.
Me enseñó a alimentar becerros, revisar bebederos y cerrar las puertas para que el ganado no se escapara.
Nunca me dejó cargar algo demasiado pesado ni trabajar solo.
Si yo terminaba agotado, él se sentaba conmigo.
Si me raspaba las rodillas, me curaba.
Y cuando preguntaba por mis papás, nunca inventaba excusas.
—¿Van a venir pronto?
—Eso dijeron.
Pasaron 2 semanas.
Después 3.
Luego todo julio.
