Pero después su expresión cambió.
Miró hacia la puerta y apretó mi mano.
—Papá, ¿es verdad que ya no me quieres?
Sentí que alguien me golpeaba el pecho.
—¿Quién te dijo eso?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—La abuela vino ayer.
Pensó que estaba dormida, pero yo podía escucharla.
Mi abuelo levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué te dijo, mi niña?
—Que tú estás cansado de gastar dinero en mis medicinas.
Que mamá y el señor Mauricio pueden cuidarme mejor.
Respiró despacio.
—Dijo que vas a firmar unos papeles para que Mauricio sea mi nuevo papá.
La abracé con muchísimo cuidado.
—Jamás voy a renunciar a ser tu papá.
Nunca.
—Pero ella dijo que si me voy con él, tú ya no tendrás que trabajar tanto.
—Valentina, escúchame.
Tú no eres una deuda ni un problema.
Eres mi hija.
Prefiero tener poco dinero contigo que todo el dinero del mundo sin ti.
La doctora pidió que Valentina descansara y ofreció solicitar apoyo psicológico pediátrico para ayudarla a procesar lo ocurrido.
Cuando mi pequeña se quedó dormida, mi abuelo abrió finalmente el sobre.
Había transferencias por 146,000 pesos realizadas durante 8 meses.
Mi madre le había dicho que yo debía dinero por medicamentos, renta y deudas personales.
Pero lo peor estaba en la última hoja.
Era un comprobante de 28,000 pesos enviado a un despacho jurídico donde trabajaba Óscar, el esposo de Renata.
Debajo aparecía una referencia bancaria:
“Asesoría familiar.
Custodia Mendoza”.
Mi abuelo me miró directamente.
—Tu madre me aseguró que ese dinero era para salvarte de perder tu casa.
Sentí que todas las piezas encajaban.
Mariana, Mauricio, mi madre y Óscar estaban vinculados a la misma disputa.
Pero todavía faltaba algo.
A la mañana siguiente llamé a Roberto, mi compañero de trabajo.
