Una segunda noticia anunciaba que Grupo Barragán construiría un conjunto residencial sobre aquel mismo terreno.
Sentí un vacío en el estómago.
Martín no había comprado las deudas de Barragán por casualidad.
Lo había hecho para recuperar algo que le arrebataron a su familia.
Cuando llegó a casa, lo esperaba con las noticias impresas sobre la mesa.
—¿Tu padre perdió su empresa por culpa de Héctor Barragán?
Martín miró la fotografía.
Durante varios segundos no respondió.
Finalmente se sentó frente a mí.
—Mi papá empezó con un solo camión. Dormía dentro de la cabina porque no podía pagar un cuarto. Después consiguió otro, y otro. Cuando yo cumplí veinte años, cuarenta familias vivían del trabajo que él había creado.
Sus ojos se humedecieron.
—Barragán quería nuestro terreno. Mi padre se negó a venderlo. Entonces aparecieron pagarés que él jamás firmó. Contratar abogados nos consumió los ahorros. Perdimos los camiones, el patio y nuestra casa.
—¿Y tu papá?
—Nunca se recuperó. Murió convencido de que había fracasado.
Martín respiró profundamente.
—Le prometí que algún día demostraría lo que ocurrió.
Comprendí por qué había invertido tanto dinero en comprar los créditos de aquel grupo empresarial.
Pero otra sospecha me atravesó.
—Tú sabías que yo trabajaba para Barragán. ¿Te casaste conmigo para tener a alguien dentro de su empresa?
Martín levantó la mirada.
—No.
—Necesito la verdad completa.
—Llevo doce años preparando una reclamación contra ese hombre. Eso es cierto. Pero nunca te pedí información, jamás te solicité documentos y nunca utilicé tu trabajo. Fuiste tú quien me buscó aquella noche para pedirme matrimonio.
—También pudiste decirme quién eras.
