Mi prometido me dejó para casarse con la hija de un millonario y me dijo: “Tú no perteneces a nuestro mundo”. Su madre hasta se burló de los 40 frascos de mermelada que preparó mi mamá para la boda. Me los llevé sin discutir. Un mes después me casé con su mejor amigo, un humilde taxista. A la mañana siguiente, alguien ofreció cinco millones de pesos para que nos divorciáramos…

—La guardé porque esa mujer me salvó la vida —susurró—. Cuatro meses después, Arturo me presentó a su novia. Eras tú.

Me cubrí la boca.

—¿Me reconociste?

—Desde el primer momento. Pero estabas enamorada de mi mejor amigo. No tenía derecho a interferir.

Las lágrimas me impedían hablar.

—¿Y aquella noche en el taxi?

—Cuando empezaste a contar hasta diez, reconocí tu voz. Por eso frené. Pensé que nunca volvería a escuchar esas palabras.

Martín se acercó despacio.

—No te amé por venganza, Lucía. Te amé desde mucho antes de que supieras quién era. Y cuando me pediste matrimonio, acepté porque por primera vez tenía una oportunidad contigo.

Lo abracé.

Lloré por los cinco años que había entregado a un hombre que me despreciaba, por mi padre, por mi madre humillada y por todos los días que había confundido el dinero con la seguridad.

Aquella noche comprendí que Martín me había ocultado su fortuna, pero también había protegido durante seis años un recuerdo que para mí había sido apenas un acto de humanidad.

Aun así, le hice una petición.

—Prométeme que no vamos a utilizar a esas cuarenta y dos familias para vengarnos de Barragán.

—Te lo prometo.

Y entonces comenzamos a trabajar juntos.

 

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