Mi padre me quitó el asiento del avión privado y me humilló delante de mi madre y mi hermano. “Aquí solo viaja la gente importante”, dijo riéndose. Yo únicamente respondí: “¿Estás seguro?”. Tres minutos después, todos corrían a buscarme. Pero cuando llegaron al hotel de 180 mil pesos por noche, descubrieron algo mucho peor.
—Señor Mendoza, la tarjeta que garantizaba su reservación fue desautorizada. Para entregar la suite necesitamos realizar un nuevo depósito.
—¡Cargue el dinero a esta!
Arturo entregó su tarjeta.
El aparato emitió un sonido.
Transacción rechazada.
Probó otra.
También fue rechazada.
La suite costaba 180 mil pesos por noche.
Mi padre había reservado siete noches de lujo contando con una cuenta que nunca fue suya.
Después de revisar sus recursos disponibles, únicamente pudieron pagar dos habitaciones sencillas en la zona más antigua del complejo, junto a la lavandería.
Mi madre casi se desmaya.
—¡Yo no voy a dormir donde duermen los empleados!
Fue entonces cuando aparecí en el vestíbulo.
Llevaba un traje blanco y caminaba junto al director general y varios ejecutivos.
—Bienvenida, licenciada Mendoza —dijo el director—. La adquisición del resort ya quedó formalizada. Estamos listos para comenzar la transición operativa.
Mi padre se quedó con la boca abierta.
El complejo acababa de incorporarse al grupo hotelero donde yo era vicepresidenta de adquisiciones.
Mi madre corrió hacia mí.
—¡Perfecto! Entonces ordénales que nos den la suite presidencial!
—No, mamá.
—¡Somos tus padres!
—Precisamente por eso saben cuánto tiempo llevan aprovechándose de mí.
Sebastián intervino.
—¡Yo voy a pagarla! ¡No necesitamos tu caridad!
Entregó su tarjeta metálica.
Rechazada.
Otra tarjeta.
Rechazada.
Renata lo miró fijamente.
—Sebastián, quiero ver las cuentas de tu empresa.
—¡No es el momento!
—Entonces dime por qué nunca puedes demostrar que tienes dinero.
Mi hermano no respondió.
Esa noche Renata subió a mi suite y me confesó algo todavía más grave.
El viaje no era para celebrar ningún éxito empresarial.
La constructora de mi padre estaba prácticamente en quiebra.
Arturo había viajado a Los Cabos para buscar a Javier Beltrán, un inversionista tecnológico que supuestamente podía prestarle 40 millones de pesos.
Pretendía encontrarlo en un exclusivo campo de golf y convencerlo de salvar su empresa.
Escuché su explicación sin sorprenderme.
—Renata, Javier no vino a negociar con mi padre.
—¿Entonces?
—Vino a cerrar una operación conmigo.
Le mostré el contrato de adquisición de una empresa tecnológica de Javier por 40 millones de pesos.