Era dinero de mis ahorros personales.
Firmamos la cesión ante notario y comenzamos los trámites para presentarla en el juzgado.
Ahora Óscar ya no le debía a Víctor.
Me debía a mí.
Mi madre llamó aquella tarde.
—Elena, ¿ya pagaste?
—Ya quedó arreglado, mamá. Víctor recibió su dinero.
—¡Bendito sea Dios! ¡Sabía que no abandonarías a tus hermanos!
No preguntó de dónde había salido el dinero ni qué documentos había firmado.
Esa noche pasé cerca de la casa.
Había una carne asada en el patio.
Óscar levantaba un vaso mientras mis hermanos se reían.
—¡Un brindis por Elena, nuestra patrocinadora oficial!
Diego soltó una carcajada.
—¡La coronela maneja millones, pero en su propia familia se deja engañar como una niña!
Mi madre también sonrió.
Entonces escuché algo que me heló la sangre.
—Ahora que la hipoteca quede libre —dijo Óscar—, Víctor podría prestarme otro millón. Esta vez sí pondré el taller. Voy a tirar el nogal y construir ahí el garaje.
El nogal.
El árbol que mi padre había plantado el día que nací.
—¿Y si vuelves a perder el dinero? —preguntó su esposa.
Óscar respondió sin dudar:
—Pues Elena vuelve a pagar. Para eso tenemos una hermana rica.
Todos se rieron.
