Escuché su respiración agitada.
—Tu madre me convenció de regalarle mi mitad. Decía que tú tenías carrera, esposo y una vida resuelta, mientras que Óscar necesitaba una oportunidad.
—¿Y por qué hipotecó la casa?
—Dijo que pondría un taller mecánico. Después supe que había metido todo en una plataforma que prometía ganancias del quince por ciento mensual. Los responsables desaparecieron.
Cerré los ojos.
—¿Y las notificaciones judiciales?
Mi padre tardó en responder.
—Tu madre las escondió. Como todavía tienes ese domicilio registrado para ciertos trámites, llegaron aquí. Una persona del servicio de mensajería se las entregó sin comprobar quién las recibía. Yo encontré seis sobres guardados en su costurero.
Sentí una tristeza que ninguna cifra podía explicar.
Mi propia madre había escondido documentos dirigidos a mí para obligarme a pagar una deuda ajena.
—¿Por qué no me avisaste?
—Porque me dio vergüenza, hija. Tú levantaste media casa, y nosotros dejamos que tu hermano la pusiera en peligro.
Al día siguiente viajé a Guanajuato.
Una antigua compañera de estudios, Patricia Mendoza, ahora abogada especializada en asuntos civiles, me esperaba.
Revisamos el contrato y encontramos algo importante: Víctor Aguilar sabía que recuperar su dinero mediante el remate de una participación indivisa podía resultar complicado.
Solicitamos reunirnos con él.
—Quiero comprar su derecho de cobro y la garantía hipotecaria —le expliqué.
El hombre sonrió.
—Son 650 mil pesos.
Patricia colocó sobre la mesa el cálculo de los intereses cuestionables, los gastos de juicio y las complicaciones de vender solamente media casa.
Después de negociar, aceptó cederme el crédito por 530 mil pesos.
