Parte 1
El mensaje llegó cuando Daniel Salazar terminó su turno en el Hospital Civil de Guadalajara.
Todavía llevaba el uniforme azul de enfermero y tenía las manos adoloridas después de 12 horas de trabajo.
Era principios de diciembre.
Su hija Valentina, de 8 años, lo esperaba en casa con la niñera, emocionada porque faltaban pocas semanas para Navidad.
Daniel abrió el grupo familiar.
Su madre había escrito:
—Daniel, este año tu hermana llevará a su prometido y a sus futuros suegros a la cena de Navidad.
No habrá espacio para ti ni para Valentina.
Espero que lo entiendas.
Antes de que pudiera responder, apareció otro mensaje.
—Pero tú sigues pagando la cena, como todos los años —escribió su hermana, Mariana—.
Ya sabes que mamá cuenta contigo.
Su padre añadió:
—No hagas un problema por 2 sillas.
Y espero que no hayas olvidado el reloj que te pedí.
Daniel permaneció inmóvil.
La casa de sus padres tenía un comedor para 12 personas, una terraza y varias sillas plegables guardadas en la cochera.
El año anterior habían recibido a 17 invitados.
Sin embargo, esta Navidad no había espacio para un padre y su hija.
Otro mensaje de su madre terminó de explicarlo.
—Pueden comer en la cocina cuando termines de ayudarnos.
Además, Valentina estará más tranquila ahí.
Daniel miró el pedido del pavo que había pagado aquella mañana.
También había contratado los postres, las flores y parte del servicio.
Todo superaba los 28,000 pesos.
Su familia quería su dinero, su trabajo y sus regalos.
Lo único que no quería era su presencia.
Cuando llegó a casa, Valentina corrió a recibirlo con un cuaderno entre los brazos.
—¡Papá!
Dibujé una mariposa nocturna que vi junto a la ventana.
Daniel sonrió.
—¿Otra para tu colección?
—No es otra cualquiera.
Tiene unas manchas que parecen ojos.
Valentina era autista.
Le fascinaban los insectos, disfrutaba las rutinas y utilizaba audífonos para protegerse del ruido cuando los lugares estaban demasiado llenos.
Desde pequeña había tenido dificultades con sus abuelos.
Su abuela se molestaba cuando hacía movimientos repetitivos con las manos.
Su abuelo la regañaba si hablaba demasiado sobre insectos.
Mariana solía decir que la niña necesitaba aprender a comportarse delante de otras personas.
Daniel siempre la defendía, aunque últimamente había comenzado a guardar silencio para evitar discusiones.
Aquella noche, mientras cenaban, Valentina hizo una pregunta.
—Papá, ¿esta Navidad vas a sentarte conmigo?
Daniel dejó el vaso sobre la mesa.
—Claro, mi amor.
—¿En la mesa grande?
La pregunta le dolió.
El año anterior, Valentina había comido sola en una esquina mientras Daniel servía los platillos.
Cuando finalmente pudo sentarse, casi todos habían terminado.
—Sí —prometió—.
Esta vez estaremos juntos.
Después de acostarla, Daniel abrió su computadora para revisar los gastos navideños.
Había comprado un reloj de 21,000 pesos para su padre, una bolsa de 13,500 para su madre y una batidora de 8,200 para Mariana.
Con la cena, los regalos y otros encargos, había comprometido más de 70,000 pesos.
Pero aquel dinero no era lo que más le preocupaba.
Abrió su aplicación bancaria.
Ahí estaba el cargo automático que llevaba años pagando.
Crédito hipotecario: 18,500 pesos mensuales.
