Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba. Advertisements
Todos permanecimos en silencio mientras él escribía.
Le costó varios minutos.
Finalmente levantó la hoja.
Había cuatro palabras torcidas.
«NO QUIERO REGALAR CASA».
El notario leyó el mensaje.
—No existe consentimiento para realizar esta operación. No voy a autorizar la escritura.
Beatriz se puso roja.
—¡Está confundido! ¡Tengo un certificado que demuestra que no puede tomar decisiones!
—El documento que acaba de escribir expresa claramente su negativa —intervino la doctora—. Voy a dejar constancia de ello en su expediente.
Entonces se escucharon gritos en el pasillo.
Iván apareció acompañado por dos hombres que exigían hablar con Beatriz.
Uno de ellos llevaba una carpeta.
—Señora, usted nos aseguró que hoy se firmaría la donación y que la casa se pondría en venta. Necesitamos saber cuándo recibiremos el pago.
La habitación quedó en silencio.
Beatriz miró a su hijo con odio.
—¿Qué hiciste, imbécil?
Iván comenzó a temblar.
Los hombres seguían reclamando, hasta que personal de seguridad intervino y les pidió retirarse.
Un agente del Ministerio Público, a quien mi abogada había informado previamente del posible intento de presión sobre mi padre, llegó acompañado por personal del hospital.
Iván se adelantó.
—Yo tengo que declarar algo.
Su madre intentó detenerlo.
—No vas a decir una sola palabra.
Pero él continuó.
—Estuve en la casa la noche en que Valentina se lastimó. Escuché cuando gritó. Mi mamá salió de la cocina con el teléfono y dijo que la niña había aprendido a no meterse en asuntos de adultos.
Se volvió hacia mí.
—También sabía que mi mamá estaba usando el dinero que Mariana mandaba para las medicinas de papá.
Sentí que me faltaba el aire.
Desde septiembre había enviado treinta y seis mil pesos para supuestos tratamientos especiales.
La doctora ya me había explicado que la mayor parte de la atención de mi padre estaba cubierta por el hospital.
Beatriz había aprovechado su enfermedad para pedirme dinero mientras intentaba quitarle su patrimonio.
—¡Todos están contra mí! —gritó—. ¡Yo cuidé a Ernesto durante veinte años!