Mi hermana permitió que su prometido se burlara de mí durante su fiesta de compromiso. “¿De verdad te dejan pilotear aviones o solo repartes café?”, preguntó mientras todos miraban mi uniforme militar. Yo no discutí, aunque llevaba una medalla que nadie conocía. Minutos después apareció su padre, un coronel. Al verme, se quedó blanco y le hizo a su hijo una pregunta que silenció a toda la familia… Advertisements
Mi abuela había dejado aquel departamento a nombre de mamá, así que legalmente podía venderlo. Sin embargo, era su principal respaldo económico. Lo rentaba por once mil pesos mensuales, una cantidad que le ayudaba a pagar sus gastos.
Si entregaba ese dinero y Mauricio desaparecía, no tendría cómo recuperarlo.
Decidí llamarlo directamente.
—Mauricio, quiero saber qué clase de contrato vas a firmar con mi madre.
Su tono cambió inmediatamente.
—Mira, tenientita, tú dedícate a tus avioncitos. Los negocios son para gente que entiende de dinero.
—Entonces no tendrás problema en enseñarme los documentos.
Hubo un silencio.
—Escúchame bien. Si vuelves a meter tus narices en mis asuntos, voy a asegurarme de que ni siquiera entres a la boda de tu hermana.
Y colgó.
Aquella amenaza confirmó mis sospechas.
Durante las siguientes semanas, doña Lupita me mantuvo informada. Un agente inmobiliario llevaba compradores al departamento y Mauricio aparecía constantemente, presionando para que bajaran el precio.
Una vez lo escuchó gritar:
—¡Necesito que se venda antes de que termine el mes!
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¿Por qué tanta urgencia?
No tenía pruebas de ninguna irregularidad, pero decidí consultar con una abogada antes de que mi madre firmara cualquier documento.
Entonces Fernanda me llamó.
—Val, este sábado vamos a celebrar nuestro compromiso en un restaurante de Puebla. Vienen los papás de Mauricio. Por favor, acompáñanos.
Acepté.
Pero mi hermana añadió algo inesperado.
—Mauricio quiere que vayas con tu uniforme militar. Dice que a su papá le encantará porque también es militar.
Comprendí perfectamente sus intenciones.
Quería exhibirme frente a sus amigos para burlarse de mí.
Aun así, acepté.
El sábado llegué al restaurante con mi uniforme de gala perfectamente planchado. Sobre el pecho llevaba una condecoración al mérito aeronáutico que había recibido meses atrás.