Mi hermana permitió que su prometido se burlara de mí durante su fiesta de compromiso. “¿De verdad te dejan pilotear aviones o solo repartes café?”, preguntó mientras todos miraban mi uniforme militar. Yo no discutí, aunque llevaba una medalla que nadie conocía. Minutos después apareció su padre, un coronel. Al verme, se quedó blanco y le hizo a su hijo una pregunta que silenció a toda la familia… Advertisements
—¡Un brindis por Valeria, la única azafata de México que se disfraza de soldado! ¡A ver si algún día aprende a servir el café sin derramarlo!
Las carcajadas estallaron alrededor de la mesa. Mi futuro cuñado levantó su copa, orgulloso de su ocurrencia. Mi madre bajó la mirada, mi hermana sonrió nerviosamente y yo permanecí inmóvil, con mi uniforme de gala y una condecoración que ninguno de ellos sabía lo que significaba.
Veinte minutos después, cuando el padre de aquel hombre entró al restaurante, bastó con que me mirara para que su rostro perdiera todo el color.
Pero para entender lo que sucedió aquella noche, tengo que contarles cómo llegamos hasta ahí.
Me llamo Valeria Mendoza, tengo 26 años y soy teniente piloto aviador de la Fuerza Aérea Mexicana. Vuelo como copiloto de un avión de transporte militar C-295.
Mi trabajo consiste en llevar personal, equipo y suministros a lugares donde muchas veces no hay margen para equivocarse. He volado de madrugada, atravesado tormentas y aterrizado en condiciones que todavía aparecen en mis pesadillas.
Sin embargo, para mi familia siempre fui simplemente Valeria, la hija rara que nunca aprendió a comportarse como una señorita.
Crecí en Puebla junto a mi hermana Fernanda, cuatro años mayor que yo. Nuestro padre, Héctor, era trailero y murió de un infarto cuando yo tenía catorce años. Mi madre, Rosa, trabajaba como auxiliar contable y nos sacó adelante con muchísimo esfuerzo.
Fernanda era su orgullo. Bonita, sociable, siempre perfectamente arreglada. Trabajaba en un salón de belleza y soñaba con casarse con un hombre adinerado.
Yo prefería mirar aviones.
Cuando anuncié que quería ingresar a la Escuela Militar de Aviación, en Jalisco, mi madre casi se desmaya.
—¿Para qué quieres meterte entre tantos hombres? Mejor estudia administración. Ningún hombre va a querer casarse contigo si sigues comportándote así.