Mi hermana permitió que su prometido se burlara de mí durante su fiesta de compromiso. “¿De verdad te dejan pilotear aviones o solo repartes café?”, preguntó mientras todos miraban mi uniforme militar. Yo no discutí, aunque llevaba una medalla que nadie conocía. Minutos después apareció su padre, un coronel. Al verme, se quedó blanco y le hizo a su hijo una pregunta que silenció a toda la familia… Advertisements

  • Pasé los exámenes médicos, las pruebas físicas y las evaluaciones de ingreso. Estudié, entrené y conseguí mis alas.
  • Pero jamás escuché a mi madre decir que estaba orgullosa.
  • Cuando sus amigas preguntaban por mí, respondía que trabajaba haciendo labores administrativas para el Ejército.
  • Yo dejaba pasar aquella mentira.
  • Hasta que Fernanda conoció a Mauricio Aranda.
  • Tenía 32 años, manejaba una camioneta del año, usaba relojes carísimos y presumía tener tres autolavados en la Ciudad de México.
  • Además, su padre era coronel.
  • Mi madre quedó fascinada desde la primera visita.
  • Mauricio llegó con flores, chocolates y una sonrisa de comercial. Besó la mano de mamá, prometió llevar a Fernanda a vivir a una casa preciosa y habló de una boda que todos recordarían.
  • Después me miró.
  • —¿Así que tú eres la soldadita? ¿Qué haces? ¿Cuidas la puerta de algún cuartel?
  • —Soy piloto aviador.
  • Soltó una carcajada.
  • —¡No inventes! ¿Y sí te dejan manejar aviones de verdad?
  • Fernanda también se rio.
  • Mi madre intervino:
  • —Bueno, trabaja con los aviones, pero no es para tanto.
  • Aquellas palabras me dolieron más que las burlas de Mauricio.
  • Durante los meses siguientes, él convirtió mi profesión en su chiste favorito.
  • Yo soportaba sus comentarios para no arruinar la felicidad de mi hermana.
  • Hasta que una tarde recibí una llamada de doña Lupita, antigua vecina de mi abuela.
  • —Valerita, ¿es cierto que van a vender el departamento de tu abuelita?
  • Sentí que se me helaba la sangre.
  • Aquel departamento había sido el refugio de nuestra infancia. Mi abuela siempre decía que quería conservarlo para que sus nietas tuvieran un lugar seguro.
  • Llamé inmediatamente a mamá.
  • —¿Por qué estás vendiendo el departamento?
  • Su respuesta me dejó sin aliento.
  • —Porque Mauricio me ofreció entrar como socia a su negocio. Ya encontré comprador, y el dinero se lo voy a entregar a él. Tu hermana lo sabe y está de acuerdo. No pienso pedirte permiso.
  • PARTE 2
  • —¿Vas a entregarle casi tres millones de pesos a un hombre que conoces desde hace cinco meses?
  • Mi madre suspiró con fastidio.
  • —Mauricio es empresario, Valeria. No todos vivimos de un sueldo del gobierno.
  • Le pregunté si había visto estados financieros, contratos o documentos que demostraran que realmente se convertiría en socia.
  • —Él me dio su palabra.
  • —Mamá, una palabra no te garantiza recuperar tus ahorros.
  • —¡Lo que pasa es que te da envidia que tu hermana vaya a tener una vida mejor que la tuya!
  • Me colgó.
  • Llamé a Fernanda, esperando que tuviera un poco más de sentido común.
  • —No te metas en mi boda —respondió—. Mauricio dice que necesitamos invertir ahora para abrir otro negocio. Después vamos a recuperar el dinero.
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