—Papá dice que lo traicioné —confesó.
—¿Y tú qué piensas?
Mi hijo se quedó mirando sus zapatos.
—Que traicioné a la persona equivocada.
Después hablamos del taller.
Reconoció que Rogelio le había prometido el local semanas antes.
—Me dijo que tú protestarías un poco, pero después aceptarías. Como siempre.
Aquellas últimas palabras me dolieron más de lo que Diego imaginaba.
Porque eran ciertas.
Siempre terminaba aceptando.
Por evitar discusiones, por mantener la paz, por no provocar otro disgusto.
Y mi familia había aprendido que mi silencio equivalía a permiso.
—Puedo renunciar al local, mamá —ofreció.
—No necesito que sacrifiques tu negocio por culpa. Necesito que nunca vuelvas a decidir sobre mi vida sin preguntarme.
Diego asintió.
—¿Puedo ayudarte con algo?
Pensé en negarme.
Pero había dieciséis butacas que transportar y muchas herramientas que mover.
—El viernes necesitamos cargar los muebles. Y el domingo tenemos que desocupar este lugar.
—Aquí estaré.
—Entonces cumple tu palabra.
Dos días después, Rogelio apareció con una caja de galletas.
Tenía una expresión que conocía perfectamente.
Era la misma que ponía cuando compraba flores después de una discusión sin haber entendido por qué estábamos peleando.
—Hablé con don Efraín —anunció—. Podemos conservar el taller. Diego buscará otro local.
Lo miré sorprendida.
—¿Y él está de acuerdo?
—Se acostumbrará. Lo importante es salvar nuestro matrimonio.
Luego me enseñó una publicación.
Había reconocido que el supuesto remate había sido ofensivo y que nadie me había consultado.
Incluso había pedido disculpas.
—Gracias por escribir eso —respondí.
Rogelio sonrió, aliviado.
—¿Ves? Todo tiene solución. Esta noche paso por ti a casa de Marta. Mañana cenaremos juntos y el viernes iremos a la inauguración del teatro.
Escuché cómo organizaba mi vida otra vez.
Mis horarios.
Mi trabajo.
Mi regreso.
Todo estaba decidido antes de que yo pronunciara una palabra.
—Rogelio, no voy a regresar contigo.
Su sonrisa desapareció.
—¿Cómo?
—Acepto tus disculpas. Pero necesito vivir separada y trabajar en un lugar donde nadie pueda quitarme las llaves para obligarme a obedecer.
—¡Te estoy devolviendo el taller!
—No puedes devolverme algo como si fuera un premio por portarme bien.
Se acercó.
—Teresa, llevamos veintinueve años juntos. No puedes tirar todo por una broma.
Me temblaron los labios.
Porque sí, habíamos tenido momentos felices.
Recordaba cuando nació Diego y Rogelio pasó la noche despierto caminando con él en brazos.
Recordaba las vacaciones sencillas, las comidas familiares, los días en que me llevaba flores sin necesitar perdón.
Todo aquello había existido.
Precisamente por eso dolía tanto.
—No estoy diciendo que nuestra historia haya sido solamente mala —respondí—. Estoy diciendo que no quiero seguir viviendo así.
Rogelio golpeó suavemente la mesa con los nudillos.
—Entonces dime cuánto quieres.
Lo observé sin comprender.
—¿Qué?
—¿Cuánto dinero necesitas para dejar de castigarme?
En ese instante recordé el micrófono.
Los quinientos pesos.
El cartón con el número siete.
Ahora mi marido intentaba comprar mi regreso.
—No estoy en venta, Rogelio.
Él abrió la boca para contestar, pero Diego acababa de entrar con Marta.
—Papá, ya basta —dijo nuestro hijo.
Rogelio se volvió hacia él.
—Dile a tu madre que está destruyendo nuestra familia.
Diego respiró profundamente.
—¿Le preguntaste alguna vez qué quería ella?
—¡Les di todo!
—Nos ayudaste mucho, papá. Pero eso no te da derecho a decidir por nosotros.
Mi esposo nos miró como si fuéramos desconocidos.
—Perfecto. Arréglenselas solos.
Tomó sus galletas y salió.
Esta vez no dio un portazo.
No necesitaba hacerlo.
Cuando se fue, me encerré en el pequeño almacén y lloré.
Lloré porque tenía miedo.
Porque extrañaba mi casa.
Porque una parte de mí deseaba correr detrás de él, aceptar sus condiciones y recuperar la comodidad de los días conocidos.
Marta dejó una taza de té junto a la puerta.
Diego esperó afuera sin presionarme.
Después de un rato, me lavé la cara y regresé a trabajar.
El viernes llegaron ambos temprano.
Diego trajo mantas para proteger los muebles.
Marta revisó cada costura.
Yo conté las butacas tres veces porque los nervios me hacían equivocarme.
En el teatro, Beatriz examinó nuestro trabajo con cuidado.
Encontró una pequeña imperfección y la corregí delante de ella.
Después firmó la recepción.
No hubo aplausos espectaculares.
Simplemente recibimos el pago acordado.
Le transferí a Marta su parte.
Pagué el primer mes del nuevo taller y anoté cuánto dinero quedaba.
