Mi esposo se burló de mí frente a todos: “La regalo con todo y bolsa; total, ya se le venció la garantía”. Su jefe levantó la mano y yo solo dije: “Acepto”. Salí sin hacer un escándalo, mientras mi hijo seguía grabando. Al día siguiente apareció un video recortado que me convirtió en la culpable de todo. Lo peor era quién tenía la grabación original. Advertisements

Era una cantidad modesta.

Pero por primera vez conocía exactamente mis ingresos sin tener que preguntarle a mi esposo.

El domingo nos mudamos.

Hubo una discusión sobre una mesa grande que Rogelio decía haber comprado.

En lugar de pelear, fotografié el mueble y lo incluí en la lista de bienes que revisaríamos con asesoría legal.

Me llevé mis herramientas personales y aquello cuya propiedad no estaba en disputa.

Cuando cerré la puerta, don Efraín me estrechó la mano.

—Pensé que ustedes ya tenían todo arreglado.

—La próxima vez —le contesté—, pregunte también a las mujeres que trabajan aquí.

Un mes después entregamos las dos butacas restantes.

Beatriz nos invitó a tomar café en el teatro.

Nos sentamos frente a los muebles restaurados mientras entraba la luz de la mañana.

Aquellas butacas tenían cicatrices.

Marcas antiguas, pequeñas imperfecciones, señales de décadas de uso.

No habíamos intentado borrar toda su historia.

Solamente habíamos reforzado su estructura para que pudieran seguir siendo útiles.

Pensé que quizá mi vida necesitaba algo parecido.

No olvidar lo ocurrido.

Sino aprender a sostenerme de otra manera.

Con ayuda de una abogada inicié los trámites de separación y divorcio, además de la revisión de los bienes y pagos pendientes del negocio.

Rogelio continuó trabajando en la fábrica. En ocasiones enviaba documentos necesarios. Otras veces me escribía que yo había destruido la familia.

Aprendí a responder solamente lo indispensable.

Diego abrió finalmente su negocio de refacciones, con condiciones acordadas por escrito.

Un día fui a visitarlo.

—¿Quieres café, mamá? —preguntó—. ¿Sin azúcar, verdad?

Sonreí.

Ese pequeño detalle significó más que muchas promesas.

Armando Salcedo también volvió a aparecer.

Llegó al nuevo taller con un sillón antiguo de su oficina.

—¿Podría darme un presupuesto? —preguntó.

Calculé materiales, horas de trabajo y fecha de entrega.

Aceptó sin discutir.

Su nombre quedó registrado como el de cualquier otro cliente.

Y eso me dio tranquilidad.

A finales de diciembre, Patricia me llamó.

Quería que restaurara un sillón que había pertenecido a su madre.

—Pero hazme precio de amiga, Teresita. Nos conocemos desde hace años.

Miré el teléfono.

Recordé perfectamente su carcajada durante aquella fiesta.

—Patricia, tú también te reíste cuando Rogelio intentó regalarme.

Hubo silencio.

—Ay, mujer, pensé que era una broma.

—Después compartiste el video donde insinuaban que yo había engañado a mi marido.

—Fue un error. No pensé que te afectaría tanto.

—Pues me afectó.

Suspiró.

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