Skip to content
×
—Mira, cometimos errores. Pero creo que podríamos olvidar lo que pasó. Después de todo, estuvimos casados siete años.
Teresa intervino:
—Además, si no fuera por mi hijo, tú jamás habrías aprendido a administrar una propiedad así.
Aquella afirmación fue tan absurda que doña Carmen, que se encontraba cerca de la entrada, soltó una breve risa.
Mi exsuegra se volvió indignada.
—¿Y usted qué hace aquí?
—Vivo cerca —contestó Carmen—. Y vine a visitar a la mujer a la que ustedes dejaron abandonada.
El rostro de Héctor perdió color.
En ese momento llegó el licenciado Rafael acompañado de mi abogada.
Nos sentamos en la mesa del porche.
El mismo lugar donde un año antes había quedado tirada, incapaz de respirar.
Teresa colocó su bolso sobre una silla.
—Bien. Hablemos del terreno.
Mi abogado abrió su expediente.
—Adelante. ¿Qué necesitan plantear?
Héctor sacó varios documentos de su carpeta.
—Pensaba que podríamos buscar inversionistas. Si Mariana me autoriza a manejar las negociaciones, conozco personas que estarían interesadas.
—No necesito que administres mi propiedad —respondí.
Teresa golpeó la mesa con la palma.
—¡Deja de comportarte como una egoísta! Mi hijo perdió su negocio por culpa de todo este asunto.
La miré sin levantar la voz.
—Tu hijo perdió su negocio después de gastar dinero que recibió prometiendo vender algo que no era suyo.
—¡Él solamente quería sacar adelante a su familia!
—Entonces debió comenzar por cuidar a su esposa cuando estaba enferma.
Se hizo un silencio incómodo.
Héctor intentó intervenir.
—Mariana, ya te pedí perdón.
—Me pediste perdón cuando necesitabas los documentos. Después, cuando necesitabas devolver el anticipo. Y ahora, cuando sabes cuánto vale el rancho.
Por primera vez no encontró una respuesta inmediata.
Teresa cruzó los brazos.
—No puedes negar que mi hijo también sufrió.
Continúa en la página siguiente.➡️