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Sentí un nudo en el estómago.
Había pasado casi un año desde que me había abandonado, y todavía utilizaba aquella palabra como si fuera un asunto nuestro.
En su mensaje aseguraba que había cambiado.
Decía que extrañaba nuestra vida juntos y que Teresa también deseaba reconciliarse conmigo.
Al final escribió:
«Sé que el rancho ahora está a tu nombre. Tal vez podamos sentarnos a hablar sobre cómo aprovecharlo para empezar de nuevo».
Le envié el correo al licenciado Rafael.
Después de analizarlo, decidí aceptar una última conversación.
No porque quisiera reconciliarme.
Necesitaba cerrar aquella etapa mirando a Héctor a los ojos.
Le pedí que acudiera al rancho el sábado por la tarde.
Mi abogado estaría presente.
Cuando llegó, reconocí inmediatamente la camioneta negra.
Era la misma en la que se había marchado mientras yo suplicaba ayuda.
Héctor bajó vestido con camisa blanca y zapatos elegantes.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
Pero no venía solo.
Teresa apareció del otro lado del vehículo.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
No la había invitado.
Mi exsuegra observó la casa restaurada, los jardines y el nuevo porche.
Su expresión cambió.
—¡Vaya! —exclamó—. Parece que el dinero de la familia sí alcanzó para dejar esto muy bonito.
Me quedé inmóvil.
—Teresa, esta propiedad nunca fue dinero de tu familia.
Ella apretó los labios.
—No empieces con tus groserías. Venimos a hablar como adultos.
Héctor se acercó con una sonrisa nerviosa.
—Mariana, te ves muy bien.
—Estoy bien.
—La casa está preciosa.
—Gracias.
Miró hacia los campos.
—He escuchado que estas tierras ahora valen muchísimo.
No respondí.
Él carraspeó.
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