Mi esposo me abandonó a punto de morir en el rancho de mi abuela y se marchó diciendo: “Ya no puedo seguir haciéndome cargo de ti”. Cuando desperté en el hospital, encontré doce llamadas suyas, pero ninguna preguntaba por mi salud. Un año después, regresó buscando reconciliarse y controlar mi herencia. Lo recibí en el mismo porche donde me había dejado, sin imaginar que una prueba podía arruinar todos sus planes…
—No fue la fiebre. Tampoco despertarme en el hospital sin saber cómo había llegado. Lo peor fue escuchar que le ordenaste a tu hijo que me dejara ahí porque yo ya no era problema de ustedes.
Su expresión se endureció.
—Yo estaba enojada. No pensé que fuera tan grave.
—Te escuché decirlo. Y Héctor también te escuchó.
Mi exesposo bajó la cabeza.
—Es verdad, mamá —murmuró—. Lo dijiste.
Teresa lo miró sorprendida.
—¿Ahora vas a ponerte de su lado?
—No estoy poniéndome del lado de nadie. Mariana estaba muy enferma. Yo lo sabía.
Aquello fue lo más parecido a una confesión sincera que había escuchado de su boca.
Héctor se pasó las manos por el rostro.
—Fui un cobarde. Sabía que necesitabas atención médica. Pero estaba tan desesperado por el dinero que empecé a verte como un obstáculo.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
No esperaba que finalmente lo admitiera.
—¿Por qué no me lo dijiste entonces?
—Tenía miedo de que me dejaras.
Lo observé durante unos segundos.
—Y por ese miedo estuviste dispuesto a dejarme morir sola.
Héctor comenzó a llorar silenciosamente.
Teresa permaneció rígida, mirando hacia el jardín.
Mi abogado cerró el expediente.
—La situación legal de la propiedad está resuelta. Mariana es su titular y cualquier operación deberá contar con su consentimiento. No hay ningún acuerdo nuevo que discutir aquí.
Héctor levantó la vista.
—Mariana, por favor. Podríamos empezar de cero.
Respiré profundamente.
—No, Héctor.
—He cambiado.
—Espero que sea verdad. Pero no necesito comprobarlo arriesgando otra vez mi tranquilidad.
Se levantó lentamente.
Teresa tomó su bolso con brusquedad.
Antes de marcharse, mi exsuegra se volvió hacia mí.
—Algún día vas a necesitar a alguien, Mariana. El dinero no puede abrazarte cuando estés sola.
Miré a doña Carmen, que permanecía junto a la puerta. Después observé a Manuel trabajando en el jardín y a mi abogado guardando tranquilamente sus documentos.