Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements

  • —Pensaba pedirte el divorcio después de las vacaciones.
  • —¿Después de que interrumpiera mi embarazo?
  • No contestó.
  • —¿Y Elena?
  • —Ella es joven. Puede rehacer su vida.
  • La frialdad de aquella respuesta me dejó sin aliento.
  • —También espera un hijo tuyo.
  • —¡Precisamente por eso le dije que no era el momento!
  • Me acerqué lentamente.
  • —Dime algo, Diego. ¿Alguna vez quisiste ser padre?
  • Guardó silencio.
  • Finalmente respondió:
  • —No quiero pasar mi vida manteniendo hijos. Quiero disfrutar lo que gano.
  • Recordé todas las noches en que me hablaba de nuestra futura casa, de un jardín, de los nombres que podríamos ponerles a nuestros hijos.
  • Todo había sido una promesa que solamente yo tomé en serio.
  • —Entonces, ¿por qué te casaste conmigo?
  • Se encogió de hombros.
  • —Porque eras una buena compañera. Me cuidabas, cocinabas, no me complicabas la vida.
  • Sentí que acababa de recibir una bofetada.
  • Dos años de matrimonio resumidos en que yo no le causaba problemas.
  • Me levanté.
  • —Voy a irme.
  • Diego soltó una carcajada.
  • —¿Adónde?
  • No respondí.
  • —Tus padres están muertos, no tienes casa y estás embarazada. ¿Quién va a recibirte?
  • Aquellas palabras encontraron exactamente el lugar donde más me dolía.
  • Pero también terminaron de abrirme los ojos.
  • —No lo sé —contesté—. Tal vez tenga que empezar desde cero.
  • Tomé mi bolsa y entré al dormitorio.
  • Guardé ropa, documentos personales, mi computadora y algunas fotografías de mis padres.
  • Diego apareció en la puerta.
  • —Mariana, estás exagerando.
  • Seguí empacando.
  • —Podemos arreglarlo —insistió—. No tienes que hacer esto.
  • Cerré la maleta.
  • —No estoy arruinando nuestro matrimonio, Diego. Estoy saliendo de uno que tú destruiste.
  • Antes de marcharme, se acercó nuevamente.
  • —Vas a regresar en una semana. Te conozco.
  • Me detuve frente a la puerta.
  • —No. Conocías a la Mariana que tenía miedo de quedarse sola.
  • Salí sin mirar atrás.
  • Esa noche dormí en el sofá de Elena.
  • Había sido la amante de mi esposo, y ahora era la única persona que comprendía exactamente por lo que estaba pasando.
  • Resultaba increíble.
  • Nos quedamos conversando hasta la madrugada.
  • Elena me confesó que llevaba cinco años distanciada de sus padres, que vivían en Puebla.
  • Se había marchado después de una discusión y nunca había conseguido reconciliarse completamente con ellos.
  • —Mi mamá siempre decía que algún día iba a necesitar a mi familia —murmuró—. Me da vergüenza llamarla y contarle lo que pasó.
  • —Llámala —le dije—. Tal vez lleve cinco años esperando escucharte.
  • A la mañana siguiente, mientras preparábamos café, Elena tomó su teléfono.
  • Su madre contestó después de varios tonos.
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