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—Pensaba pedirte el divorcio después de las vacaciones.
—¿Después de que interrumpiera mi embarazo?
No contestó.
—¿Y Elena?
—Ella es joven. Puede rehacer su vida.
La frialdad de aquella respuesta me dejó sin aliento.
—También espera un hijo tuyo.
—¡Precisamente por eso le dije que no era el momento!
Me acerqué lentamente.
—Dime algo, Diego. ¿Alguna vez quisiste ser padre?
Guardó silencio.
Finalmente respondió:
—No quiero pasar mi vida manteniendo hijos. Quiero disfrutar lo que gano.
Recordé todas las noches en que me hablaba de nuestra futura casa, de un jardín, de los nombres que podríamos ponerles a nuestros hijos.
Todo había sido una promesa que solamente yo tomé en serio.
—Entonces, ¿por qué te casaste conmigo?
Se encogió de hombros.
—Porque eras una buena compañera. Me cuidabas, cocinabas, no me complicabas la vida.
Sentí que acababa de recibir una bofetada.
Dos años de matrimonio resumidos en que yo no le causaba problemas.
Me levanté.
—Voy a irme.
Diego soltó una carcajada.
—¿Adónde?
No respondí.
—Tus padres están muertos, no tienes casa y estás embarazada. ¿Quién va a recibirte?
Aquellas palabras encontraron exactamente el lugar donde más me dolía.
Pero también terminaron de abrirme los ojos.
—No lo sé —contesté—. Tal vez tenga que empezar desde cero.
Tomé mi bolsa y entré al dormitorio.
Guardé ropa, documentos personales, mi computadora y algunas fotografías de mis padres.
Diego apareció en la puerta.
—Mariana, estás exagerando.
Seguí empacando.
—Podemos arreglarlo —insistió—. No tienes que hacer esto.
Cerré la maleta.
—No estoy arruinando nuestro matrimonio, Diego. Estoy saliendo de uno que tú destruiste.
Antes de marcharme, se acercó nuevamente.
—Vas a regresar en una semana. Te conozco.
Me detuve frente a la puerta.
—No. Conocías a la Mariana que tenía miedo de quedarse sola.
Salí sin mirar atrás.
Esa noche dormí en el sofá de Elena.
Había sido la amante de mi esposo, y ahora era la única persona que comprendía exactamente por lo que estaba pasando.
Resultaba increíble.
Nos quedamos conversando hasta la madrugada.
Elena me confesó que llevaba cinco años distanciada de sus padres, que vivían en Puebla.
Se había marchado después de una discusión y nunca había conseguido reconciliarse completamente con ellos.
—Mi mamá siempre decía que algún día iba a necesitar a mi familia —murmuró—. Me da vergüenza llamarla y contarle lo que pasó.
—Llámala —le dije—. Tal vez lleve cinco años esperando escucharte.
A la mañana siguiente, mientras preparábamos café, Elena tomó su teléfono.
Su madre contestó después de varios tonos.
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