Cuando lo instalaron, Sebastián pasó varios minutos acomodando sus cuadernos.
Después se sentó y extendió ambos brazos sobre la superficie.
—Mamá, ahora sí me caben todas las cosas.
Sonrió.
Yo tuve que salir del cuarto para que no me viera llorar.
Mientras tanto, las investigaciones avanzaban.
Las autoridades obtuvieron información directamente de los bancos y de las empresas involucradas. Se revisaron facturas, contratos, declaraciones fiscales y movimientos que Diego tendría que justificar.
Raúl, uno de sus socios, también presentó documentación relacionada con anticipos de clientes que habían sido desviados.
La investigación permitió identificar pagos por servicios inexistentes y transferencias utilizadas para ocultar el destino de parte del dinero.
La solicitud del crédito sobre nuestra casa nunca llegó a formalizarse. La autenticidad de la firma fue cuestionada y el trámite quedó detenido.
Eso nos salvó de enfrentar una deuda que jamás habíamos aceptado.
El proceso no fue rápido.
Durante meses acudí a reuniones con Patricia, entregué documentos y respondí preguntas. Hubo días en los que regresaba agotada y me preguntaba cuánto tiempo más tendría que dedicarle a las consecuencias de las mentiras de Diego.
Él intentó convencerme varias veces de retirar mis reclamaciones.
Primero me ofreció dinero.
Después comenzó a decirles a conocidos que yo quería quitarle todo por despecho.
Cuando las investigaciones financieras se volvieron más serias, dejó de hablar de despecho.
Comenzó a buscar acuerdos.
La división de bienes se resolvió mediante un convenio judicial, después de revisar el patrimonio y las obligaciones que realmente correspondían a cada parte.
Diego aceptó cederme su participación en nuestra casa y en el departamento grande donde habían vivido Adriana y Valeria. El segundo departamento de lujo quedó sujeto a la liquidación de otras obligaciones y acuerdos patrimoniales.
Yo no recibí todos sus bienes, como él había insinuado ante sus conocidos.
Recibí derechos reconocidos y acordados legalmente, después de casi dos décadas de matrimonio.
La investigación por las irregularidades empresariales continuó por separado. Ningún acuerdo conmigo podía borrar lo que hubiese hecho frente a sus socios o a las autoridades fiscales.
Cuando Adriana supo que tendría que dejar el departamento, me pidió tiempo para encontrar otro lugar.
Acepté que permanecieran unos meses mientras se realizaba la entrega legal de la vivienda.
No quería convertir a Valeria en víctima de una pelea entre adultos.
Antes de mudarse, ella me escribió un mensaje.
“Maestra Elena, mi mamá me contó todo. No sabía que mi papá tenía otra familia. Perdón por haberle hablado tantas veces de nuestros viajes y regalos. Gracias por tratarme bien cuando usted ya conocía la verdad”.
Le respondí:
“No tienes que disculparte por querer a tu papá. Ninguna de sus decisiones fue responsabilidad tuya. Espero que sigas estudiando y cumplas tus sueños”.
Me envió un corazón.
Fue nuestra última conversación durante mucho tiempo.
Poco después, Sebastián recibió la noticia de que había sido aceptado en la universidad.
Cuando abrió el resultado, salió corriendo de su cuarto.
—¡Mamá! ¡Me quedé!
Nos abrazamos en medio de la sala.
Aquella noche compramos un pastel pequeño y celebramos los dos.
Diego no estuvo presente.
Había faltado a tantas cosas importantes que su ausencia ya no nos sorprendía.
Más de un año después de iniciadas las investigaciones, llegó la resolución del proceso penal relacionado con las operaciones fraudulentas de la constructora.
Se acreditaron delitos financieros y fiscales por los cuales Diego recibió una sentencia de prisión, además de las consecuencias económicas correspondientes.
