Mi esposo decía que no tenía ni 3,900💖💖 pesos para comprarle un escritorio a nuestro hijo, así que tuve que aceptar un trabajo dando clases particulares en un departamento de lujo. Pero apenas entré a la sala, me quedé helada al ver a mi esposo en una fotografía familiar colgada en la pared. “Es mi papá, él nos compró este departamento a mi mamá y a mí”, dijo la muchacha orgullosa. Mantuve la calma y terminé la clase, pero después descubrí una transferencia bancaria que me hizo temblar las manos…

—¡Usted! —exclamó al verme—. ¡La maestra de mi hija!

—Soy Elena Martínez. La esposa de Diego.

—¿Con qué derecho quiere quitarnos nuestro departamento?

—Con el derecho de pedir que se revise legalmente el patrimonio adquirido durante mi matrimonio. Nadie ha dicho que Valeria tenga la culpa de esto.

Adriana comenzó a llorar.

—Diego me prometió que se divorciaría de usted. Me dijo que hacía años que solamente vivían juntos por su hijo.

—Ayer vino a esta casa a pedirme que retirara la demanda. Hasta hace tres semanas dormía conmigo. ¿Eso te parece un matrimonio terminado?

Se quedó callada.

—Yo esperé diecisiete años —murmuró—. Me dijo que cuando Valeria entrara a la universidad nos casaríamos.

—Tú esperaste diecisiete años a que dejara a su esposa. Yo pasé diecisiete años sin saber que tenía otra familia.

Adriana bajó la cabeza.

—Si Diego va a la cárcel, ¿qué será de mi hija?

—Eso también me preocupa. Valeria no merece sufrir por las decisiones de su padre. Pero dime algo: ¿alguna vez te preguntaste qué estaba pasando con Sebastián?

—¿Sebastián?

—Su otro hijo. Tiene dieciocho años. Lleva meses estudiando sobre una mesa rota porque Diego decía que no podía comprarle un escritorio.

Adriana me miró sorprendida.

Le conté cómo Diego había negado los cursos universitarios de Sebastián mientras pagaba los de Valeria.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Adriana se quitó lentamente la pulsera de diamantes y la guardó en su bolso.

—Diego me dijo que usted administraba todo el dinero de la casa —susurró—. Que gastaba muchísimo y que por eso él necesitaba controlar sus cuentas.

Sentí una mezcla de rabia y cansancio.

Ni siquiera en aquella segunda vida me había dejado de convertir en la culpable.

—Nos mintió a las dos, Adriana. Pero tú sabías que seguía casado. Esa parte no puedes negarla.

Ella no discutió.

Se alejó llorando.

Cuando cerré la puerta, descubrí a Sebastián parado junto al pasillo.

Había escuchado suficiente.

—Mamá, ¿papá tiene otra hija?

Lo llevé a la sala.

Nos sentamos juntos y le conté toda la verdad.

Sebastián no lloró inmediatamente.

Permaneció mirando sus manos.

Después preguntó:

—¿Desde cuándo?

—Desde que tú eras muy pequeño.

Pasaron varios minutos antes de que volviera a hablar.

—Cuando tenía diez años le pedí que me inscribiera a clases de guitarra. Me dijo que no podíamos pagarlas.

Asentí.

—En secundaria quería ir al viaje de generación. También me dijo que no había dinero.

Se le quebró la voz.

—Y cuando pedí una computadora para estudiar, me dijo que tenía que aprender a conformarme.

Lo abracé.

Entonces comenzó a llorar.

—Yo pensaba que papá trabajaba muchísimo por nosotros. Hasta me sentía mal cuando le pedía algo.

Aquellas palabras me destrozaron.

—Nunca tuviste que sentir vergüenza por necesitar cosas, hijo.

—¿Por qué a ella sí le daba todo?

No supe responder inmediatamente.

Finalmente le dije:

—Porque tu padre tomó decisiones injustas. Pero eso no significa que tú valgas menos.

Sebastián se limpió las lágrimas.

—¿Valeria sabía de nosotros?

—No lo sé. Pero ella tampoco eligió esta situación.

Mi hijo respiró profundamente.

—Entonces no quiero odiarla. Ella también tiene que enterarse de quién es realmente su papá.

Al día siguiente compré el escritorio.

Elegí uno grande, de madera sólida, con cajones y espacio suficiente para una computadora.

Me costó 8,500 pesos.

Lo pagué con mis propios ahorros.

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