Tenía unos cuarenta años, vestía ropa de diseñador y llevaba una pulsera que parecía costar más que mi automóvil.
—¡Por fin la conozco! —exclamó—. Mi esposo está encantado con los avances de Valeria.
Me invitó a pasar.
Sobre una mesa había varias fotografías familiares. En una aparecían los tres disfrutando de unas vacaciones en Cancún.
Reconocí inmediatamente las fechas.
Diego me había dicho que estaba supervisando una construcción fuera del estado.
Durante esos días, Sebastián y yo cancelamos nuestras vacaciones porque supuestamente no alcanzaba el dinero.
—Diego siempre dice que la educación de los hijos es la mejor inversión —comentó Adriana.
Tuve que apretar los dientes.
Al terminar la clase, llamé a Patricia Gómez, una amiga de la universidad que ahora era abogada familiar.
Le conté todo.
—Elena, una infidelidad no significa automáticamente que puedas quitarle sus bienes —me explicó—. Primero debemos revisar cómo están casados y qué propiedades adquirieron. Y si sospechas que está desviando dinero de su empresa, eso necesita investigarse por separado.
Nos habíamos casado bajo sociedad conyugal.
Patricia me ayudó a reunir escrituras y solicitar búsquedas registrales de los inmuebles que logramos identificar.
Los resultados fueron devastadores.
Diego tenía tres propiedades adquiridas durante nuestro matrimonio.
Nuestra casa, valuada aproximadamente en 4 millones de pesos.
El departamento donde vivían Adriana y Valeria, con un valor estimado de 18 millones.
Y otro departamento en el mismo edificio, valuado en 9 millones.
Treinta y un millones de pesos en propiedades.
Y mi esposo llevaba meses diciéndome que no teníamos 3,900 pesos para un escritorio.
Pero Patricia encontró algo más preocupante.
La constructora de Diego estaba relacionada con varias empresas proveedoras que habían facturado servicios millonarios sin que fuera posible identificar claramente las obras correspondientes.
—Puede haber una explicación legal —advirtió—, pero también podría tratarse de facturación simulada. No podemos acusarlo sin pruebas.
Al día siguiente, mientras Diego estaba fuera, entré al pequeño estudio que compartíamos en casa.
En un archivero encontré una carpeta con contratos, estados de cuenta y una memoria USB. Revisé los papeles y descubrí comprobantes que relacionaban a aquellas proveedoras con transferencias enormes.
También había un sobre que decía: Documentos familiares.
Lo abrí.
Dentro encontré el acta de nacimiento de Valeria.
Diego figuraba oficialmente como su padre.
No quedaba ninguna duda.
Pero debajo había otro documento.
Era una solicitud de financiamiento empresarial por 7 millones de pesos.
En el apartado de garantías aparecía nuestra casa.
Y junto a mi nombre, en la sección reservada para autorizar la operación, alguien había colocado una firma que imitaba perfectamente la mía.
Yo jamás había autorizado ningún crédito.
Entonces comprendí que Diego no solamente había construido una segunda familia con dinero que nos ocultaba.
También estaba dispuesto a poner en riesgo el único hogar que Sebastián creía seguro.
Y lo que encontré al revisar el resto de aquella carpeta me hizo entender por qué Diego tenía tanta prisa por conseguir ese préstamo.
PARTE 3
En aquella carpeta había una relación de pagos realizados durante los últimos cuatro años. Eran transferencias a supuestas empresas de materiales, renta de maquinaria y servicios de ingeniería.
Pero varias facturas tenían algo extraño: los domicilios se repetían, los conceptos eran prácticamente idénticos y los pagos terminaban concentrándose en las mismas cuentas.
Había operaciones por más de 8 millones de pesos que necesitaban una explicación.
También encontré correos impresos de un socio de Diego, un hombre llamado Raúl, reclamándole por anticipos de clientes que no aparecían reflejados en las obras.
Uno decía:
“Diego, no podemos seguir cubriendo faltantes con anticipos de proyectos nuevos. Si no entregas los comprobantes reales, tendremos que informar a los inversionistas”.
Entonces entendí la urgencia del préstamo.
Diego necesitaba conseguir dinero para cubrir los faltantes antes de que sus socios descubrieran lo que estaba pasando.
Y había intentado utilizar nuestra casa como garantía.
Fotografié los documentos, guardé mis anotaciones y llamé a Patricia.
—Necesito verte hoy. Es mucho más grave de lo que imaginábamos.
