Durante las siguientes dos horas expliqué ecuaciones y funciones sin recordar después una sola palabra de aquella clase.
Al terminar, Valeria me acompañó hasta la puerta.
—Mi mamá quiere conocerla el próximo miércoles. Dice que usted tiene mucha paciencia.
Le sonreí como pude.
Bajé al estacionamiento, me encerré en mi automóvil y lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Valeria tenía diecisiete años.
Sebastián, dieciocho.
Eso significaba que Diego había comenzado aquella segunda familia cuando nuestro hijo apenas aprendía a caminar.
No era una aventura reciente.
Eran diecisiete años de mentiras.
Esa noche regresé a casa. Diego estaba acostado viendo videos en su celular.
—¿Cómo te fue? —preguntó sin mirarme.
—Bien. Conseguí una alumna nueva.
—Qué bueno.
Entré al cuarto de Sebastián. Lo encontré estudiando para su examen de admisión a la universidad.
Volví a la sala.
—Diego, ¿cuándo vamos a comprarle su escritorio?
Suspiró, fastidiado.
—Ya te dije que no hay dinero. Deja de insistir.
Esperé hasta que se durmiera.
Conocía la contraseña de su teléfono. Lo abrí y revisé los movimientos de una cuenta bancaria.
Encontré transferencias mensuales de 95 mil pesos a nombre de Adriana Robles.
A mí me entregaba 18 mil para los gastos de la casa.
Pero lo peor apareció unos movimientos más abajo.
Diego había transferido 180 mil pesos para pagar un curso de verano de Valeria.
Ese mismo mes, se negó a darle 6 mil pesos a Sebastián para prepararse para su examen universitario.
Miré hacia el dormitorio de mi hijo y comprendí algo terrible:
Mi esposo no estaba pasando por dificultades económicas.
Estaba eligiendo cuál de sus dos familias merecía vivir bien.
Y todavía no sabía que aquella fotografía era apenas la primera prueba de una traición mucho más grande.
PARTE 2
El 10 de mayo, Día de las Madres, Diego recibió una llamada mientras desayunábamos.
—Tengo una emergencia en una obra —anunció—. No sé si regrese para la comida.
Sebastián bajó la mirada.
—¿Ni siquiera hoy puedes quedarte con mamá?
—Hay responsabilidades que todavía no entiendes, hijo.
Diego se marchó sin abrazarme.
Una hora después le escribí a Valeria para confirmar nuestra siguiente clase.
Su respuesta llegó acompañada de una fotografía.
“Gracias, maestra. Mi papá está preparando el desayuno especial para mi mamá. Nos va a llevar a comer a un restaurante precioso”.
En la fotografía, Diego llevaba un delantal y sonreía frente a una cocina llena de flores.
Era el mismo hombre que, antes de salir de nuestra casa, me había pedido que no gastara demasiado en el mandado.
Guardé aquella imagen y preparé enchiladas para Sebastián.
—Feliz Día de las Madres, ma —me dijo, entregándome una carta que había escrito durante la madrugada.
Lo abracé tan fuerte que comenzó a reírse.
Aquella carta valía más que todos los regalos que Diego hubiera podido comprar.
El miércoles regresé al departamento de Valeria.
Esta vez me recibió su madre, Adriana Robles.
