Mi cuñado me exigió las llaves de mi departamento después de anunciar: “¡Robaron a mamá y no puede seguir viviendo sola!”. Su plan era instalar a mi suegra en mi propiedad y quedarse con la casa de tres recámaras de ella. Mi esposo estaba preocupado, pero yo acepté reunir a toda la familia antes de decidir. Nadie esperaba que sacara una fotografía antigua donde aparecía el supuesto ladrón…
Arturo había salido del departamento poco después de las ocho de la noche, diciendo que compraría pan dulce.
Antes de irse, dejó una nota de despedida sobre la cama.
En ella aseguraba que debía abandonar la ciudad por problemas relacionados con una inversión.
Teresa todavía no había visto aquella carta.
A las nueve, Raúl apareció supuestamente para recoger unas herramientas.
Su suegra lo dejó entrar sin sospechar nada.
Él caminó hasta la recámara, abrió el clóset y retiró la caja donde Teresa guardaba sus ahorros.
También tomó el alhajero de plata y varias piezas de oro.
Después salió de la habitación fingiendo estar alarmado.
—¡Teresa, revisa tus cosas! ¡Parece que ese hombre te robó!
Mi suegra, convencida de que Rubén había desaparecido con todo, empezó a llorar.
Raúl aprovechó su desesperación para impedir que revisara cuidadosamente lo sucedido.
Le dijo que no llamara a la policía.
Que las autoridades solamente iban a humillarla.
Que debía abandonar cuanto antes aquel departamento lleno de recuerdos dolorosos.
Y al día siguiente apareció en nuestra casa para proponer la solución que, según él, beneficiaría a todos.
Mi pequeño departamento para Teresa.
El amplio departamento de Teresa para él y Patricia.
Había organizado una falsa historia de amor, provocado una tragedia familiar y aprovechado el dolor de una mujer para intentar conseguir vivienda gratis.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Qué hiciste con las joyas? —exigí.
Raúl tardó varios segundos en contestar.
—Las llevé a una casa de empeño esta mañana.
Teresa cerró los ojos.
—Mi alhajero…
Había algo especialmente doloroso en su manera de pronunciar aquellas palabras.
No estaba pensando en el precio del oro.
Pensaba en las mujeres de su familia que habían guardado aquellas piezas durante generaciones.
—Me dieron noventa y cinco mil pesos —murmuró Raúl.
—¿Y también los gastaste? —preguntó Miguel.
Mi cuñado asintió.
Miguel golpeó la mesa con la palma.
—¡Eres un miserable!
Raúl se levantó inmediatamente.
—¡Yo iba a devolverlo todo! ¡Solamente necesitaba tiempo!
—Eso mismo dijiste cuando mamá te prestó treinta mil pesos —respondió Patricia—. Y cuando me pediste que sacara un crédito a mi nombre.