Mi cuñado me exigió las llaves de mi departamento después de anunciar: “¡Robaron a mamá y no puede seguir viviendo sola!”. Su plan era instalar a mi suegra en mi propiedad y quedarse con la casa de tres recámaras de ella. Mi esposo estaba preocupado, pero yo acepté reunir a toda la familia antes de decidir. Nadie esperaba que sacara una fotografía antigua donde aparecía el supuesto ladrón…
—Durante tres meses pensé que alguien volvía a quererme —susurró—. Me llevaba flores. Me preguntaba si había comido. Me decía que todavía era hermosa. ¿También le dijiste que hiciera todo eso?
Raúl se dejó caer en una silla.
Patricia comenzó a llorar.
Miguel permanecía de pie, con los puños apretados.
Yo me acerqué a Teresa y le tomé la mano.
—Necesitamos saber toda la verdad.
Mi cuñado intentó sonreír.
—Bueno, tampoco exageremos. Era una pequeña estrategia para que mamá se sintiera acompañada.
—¿Una estrategia? —repitió Miguel.
—Arturo es actor. Necesitaba trabajo. Yo pensé que podía hacerle compañía a Teresa. No tenía malas intenciones.
—Entonces explícame por qué utilizó un nombre falso —intervine—. Y por qué desapareció precisamente cuando faltaron los ahorros.
Raúl guardó silencio.
Fue Patricia quien rompió la tensión.
—Diles lo de las apuestas.
Su esposo giró bruscamente.
—¡Cállate!
—No, Raúl. Ya no voy a seguir cubriéndote.
Patricia se secó las lágrimas.
—Mi marido debe más de doscientos sesenta mil pesos. Lleva casi un año apostando en partidos de futbol y jugando en casinos por internet.
Miguel se quedó sin habla.
—¿Doscientos sesenta mil?
—Empezó con cantidades pequeñas —explicó ella—. Después pidió préstamos para recuperar lo perdido. Cada vez que ganaba un poco, apostaba más. Hace dos meses comenzaron a llamarnos personas exigiendo dinero.
Recordé inmediatamente aquel día en que lo vi salir del local de apuestas.
También recordé sus negocios extraordinarios, sus supuestos inversionistas y sus constantes solicitudes de préstamos.
Nunca fueron empresarios quienes lo perseguían.
Eran sus acreedores.
—¿Y ustedes pretendían resolverlo quitándole el departamento a mi mamá? —preguntó Miguel.
Raúl levantó las manos.
—¡Nadie iba a quitarle nada! Simplemente necesitábamos un lugar más grande mientras reorganizábamos nuestras finanzas.