Mi cuñado me exigió las llaves de mi departamento después de anunciar: “¡Robaron a mamá y no puede seguir viviendo sola!”. Su plan era instalar a mi suegra en mi propiedad y quedarse con la casa de tres recámaras de ella. Mi esposo estaba preocupado, pero yo acepté reunir a toda la familia antes de decidir. Nadie esperaba que sacara una fotografía antigua donde aparecía el supuesto ladrón…
Le propuse a Teresa que llamara a Patricia y les dijera que yo había cambiado de opinión. Que estaba dispuesta a prestar el departamento y que debíamos reunirnos para acordar la mudanza.
Cuarenta minutos después llegaron.
Raúl entró sonriendo, con una cinta métrica asomando del bolsillo.
—Me alegra que hayas recapacitado, Elena. Al final todos tenemos que hacer sacrificios por la familia.
Se sentó frente a nosotros.
—Bueno, ¿cuándo nos entregas las llaves?
—Antes quiero hacerte una pregunta.
Su sonrisa desapareció.
Coloqué el teléfono sobre la mesa, mostrando la fotografía del teatro.
—¿Desde cuándo conoces al hombre que enamoró a tu suegra?
Raúl miró la imagen.
Por primera vez desde que lo conocía, se quedó completamente inmóvil.
—Eso no significa nada —balbuceó.
Miguel avanzó hacia él.
—Contesta.
Raúl miró a Patricia, luego a Teresa.
Y entonces cometió un error que terminó por destruir su mentira.
—¡Yo solamente le pedí que la enamorara! —gritó—. ¡Nunca le dije que se llevara todas sus cosas!
Mi suegra dejó escapar un gemido.
Patricia se tapó la boca.
Y yo comprendí que acabábamos de escuchar una confesión mucho más grave de lo que imaginábamos.
Porque todavía faltaba descubrir quién había tomado realmente los ciento ochenta mil pesos y dónde habían terminado las joyas.
PARTE 3
Durante varios segundos nadie pronunció una sola palabra.
El reloj de pared seguía marcando los segundos, mientras mi suegra miraba a Raúl como si tuviera enfrente a un desconocido.
—¿Le pediste que me enamorara? —preguntó finalmente.
Su voz era tan débil que apenas se escuchaba.
Raúl abrió la boca, pero no consiguió responder.
—Te estoy preguntando algo —insistió Teresa—. ¿Ese hombre se acercó a mí porque tú se lo pediste?
—Mamá, las cosas no son como parecen…
—¡No me llames mamá!
El grito nos sobresaltó a todos.
Nunca había escuchado a mi suegra levantar la voz de aquella manera.
Teresa siempre había sido una mujer orgullosa. Le gustaba presumir que nadie podía engañarla, que reconocía las malas intenciones a kilómetros de distancia.