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¿Y Elena?
Por primera vez en mucho tiempo, pudo participar en las actividades escolares sin miedo a que su silla de ruedas volviera a fallar.
Cuando llegó al aula con su nueva silla de ruedas, miró a sus compañeros y después se detuvo delante de Alejandro.
—Gracias —dijo en voz baja.
Alejandro sonrió.
—No tienes que darme las gracias. Me alegra que ahora puedas hacer todo lo que quieras.
Unas semanas después, Alejandro recibió su nueva guitarra.
El padre de Elena la había fabricado a mano y había grabado una pequeña inscripción en la parte posterior:
«La música puede alegrar un corazón. La bondad puede cambiar el mundo entero».
Cuando Alejandro tocó la guitarra por primera vez, me senté a su lado y lo escuché.
Pensé en lo fácil que es pasar por alto los pequeños gestos de bondad y en cuántas veces esperamos a que otra persona dé el primer paso.
Mi hijo de trece años me había demostrado que no necesitamos ser ricos, famosos ni adultos para cambiar la vida de alguien.
A veces, basta con fijarnos en una persona que necesita ayuda y decidir que no nos quedaremos mirando sin hacer nada.
Y, en ocasiones, un solo acto de bondad puede inspirar a decenas de personas a hacer lo mismo.
Porque la verdadera riqueza no se mide por lo que poseemos, sino por lo que estamos dispuestos a dar a los demás.