La hija de 5 años de mi empleada señaló mi nuca y dijo: “Señor, tiene algo debajo de la piel”. Mi prometida intervino de inmediato: “Solo es una cicatriz vieja, cariño”. Después de 3 años sufriendo constantes lagunas de memoria, pedí que me examinara un médico independiente y exigí mi historial clínico completo. Entonces apareció un correo que yo mismo había enviado 2 años antes… y su contenido contradecía lo que figuraba en mi expediente médico.

Le pedí ayuda para conseguir una evaluación médica independiente y una copia completa de mi expediente.

Todavía estábamos hablando cuando apareció Gerardo Valcárcel.

Gerardo llevaba 18 años asesorándome.

Conocía nuestras rutas, contratos y socios mejor que casi cualquier otra persona.

—Amalia me llamó —anunció—.

No podemos convertir lo que dijo una niña en un problema.

Los médicos conocen perfectamente ese implante.

Sentí que algo se me helaba en el pecho.

—¿Qué implante?

Gerardo frunció el ceño.

—El que autorizaste después del accidente.

Te lo hemos explicado muchas veces.

Recordaba haber aceptado un tratamiento experimental de estimulación nerviosa periférica para aliviar el dolor.

Pero no recordaba exactamente dónde habían colocado el dispositivo ni por qué seguían ajustándolo 3 años después.

Amalia apareció con una carpeta azul.

—Es un estimulador de los nervios occipitales, cariño.

Cuando tienes migraña confundes las cosas.

—Quiero los informes de implantación y los registros de cada ajuste.

—El doctor Tadeo Morata los tiene.

—Entonces se los pediré.

Amalia suspiró.

—No estás bien para tomar decisiones médicas importantes.

La miré fijamente.

—Pedir mi propio expediente no es una decisión irresponsable.

Gerardo bajó la mirada.

Esa reacción me hizo recordar otras ocasiones en que Amalia había utilizado mi salud para cancelar viajes, aplazar reuniones y evitar que revisara contratos.

Mientras tanto, Lourdes recordaba una visita de aquella misma mañana: una enfermera había entrado a mi despacho con un maletín rígido y una tableta electrónica.

Poco después yo había sufrido otro dolor intenso.

La empleada anotaba las visitas y los horarios en una libreta amarilla como parte de sus tareas domésticas.

Nunca había imaginado que aquellas páginas pudieran tener importancia fuera de su trabajo.

El primer médico independiente me explicó que un estimulador nervioso no podía leer pensamientos ni controlar la voluntad de una persona.

Tampoco podía atribuirse automáticamente a ese aparato toda mi pérdida de memoria.

Necesitábamos identificar el modelo, revisar su programación y estudiar mis medicamentos.

Acordamos una valoración neurológica.

Esa noche, mientras me preparaba para dormir, recibí un mensaje de Enrique.

Había comenzado a revisar documentos corporativos y encontró que ciertas reuniones importantes se habían celebrado durante mis episodios de dolor.

En varias actas aparecía descrito como demasiado enfermo para participar.

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