Y algunas facultades que había concedido a Gerardo parecían haberse utilizado mucho más allá de sus límites originales.
Volví a tocarme la nuca.
Por primera vez entendí que la pregunta no era solamente qué tenía debajo de la piel.
Era quién llevaba 3 años tomando decisiones mientras yo estaba demasiado confundido para hacerlas.
Y al revisar las primeras fechas, descubrimos algo todavía más inquietante: varias visitas médicas habían ocurrido precisamente antes de reuniones en las que yo pensaba cuestionar los negocios de Gerardo.
Parte 2: La doctora Delfina Ríos, neuróloga de un hospital privado independiente, fue la primera persona en mucho tiempo que escuchó mis síntomas sin permitir que nadie respondiera por mí.
Examinó la cicatriz, solicitó estudios adecuados e insistió en identificar el dispositivo antes de considerar procedimientos como una resonancia.
—No podemos asumir que un aparato explique todos sus problemas —me dijo—.
También debemos revisar el traumatismo, el sueño y los medicamentos.
Me preguntó qué dosis tomaba.
No supe contestar.
Durante años Amalia y Morata habían organizado mis tratamientos.
Cuando finalmente obtuvimos una primera imagen, apareció el pequeño dispositivo subcutáneo conectado al sistema de estimulación periférica.
No había indicios inmediatos de una urgencia quirúrgica.
Sin embargo, necesitábamos comprobar sus registros.
Solicité formalmente mi expediente.
Morata me llamó casi enseguida.
—Siempre has respondido bien cuando sigues nuestras indicaciones, Leandro.
—Entonces no tendrá inconveniente en entregarme los registros.
—Tu ansiedad puede estar empeorando los dolores.
—Preguntar por mi historial no es un síntoma, doctor.
Pedí que todas las comunicaciones posteriores quedaran documentadas.
Mientras tanto, Amalia amenazó con revisar el contrato laboral de Lourdes.
Le exigió que dejara de anotar visitas y entregara su libreta amarilla.
Lourdes se negó a hacerlo sin una instrucción formal y consultó con una asesora laboral.
No había robado documentos ni investigado mis asuntos privados.
Solamente había registrado quién entraba, cuánto permanecía y qué tareas le habían encargado.
Enrique organizó una reunión entre nosotros.
Allí descubrimos que, durante los últimos 9 meses, Lourdes había registrado 12 visitas sanitarias.
Varias coincidían con reuniones financieras canceladas por mis dolores.
—No sé qué hacían dentro del despacho, señor —aclaró—.
