Después llegaron las migrañas, los medicamentos y los episodios de confusión.
Amalia empezó a acompañarme a todas las consultas.
Organizaba mis pastillas, respondía preguntas y corregía mis recuerdos cuando yo parecía equivocarme.
Había terminado aceptándolo porque estaba aterrorizado ante la posibilidad de perder mis facultades mentales.
—¿Qué dijo la niña? —pregunté, intentando recuperar el equilibrio.
Amalia me sostuvo del brazo.
—Nada importante, cariño.
Otra vez te está dando uno de tus mareos.
Aparté su mano.
Nora seguía observándome con preocupación.
—Mi abuelo tenía una bolita detrás de la oreja y lo llevaron al doctor —explicó.
Amalia ordenó a Lourdes que sacara a su hija de la habitación.
Pero la empleada permaneció donde estaba.
—Señor, ¿quiere que llamemos a un médico?
Miré a mi prometida.
Después llevé lentamente los dedos hacia mi nuca, sin presionar la protuberancia.
—Quiero saber qué tengo ahí.
—Leandro, ya hemos hablado de esto —intervino Amalia.
—Entonces quiero que me lo explique un médico que no trabaje para ustedes.
El silencio que siguió me inquietó más que el dolor.
Lourdes llevaba 14 meses trabajando en mi casa.
Vivía con Nora en un departamento rentado de una zona modesta de Veracruz y utilizaba el transporte público para llegar.
A veces llevaba a su hija cuando terminaban las clases.
Yo sabía poco de su vida, pero ella había observado algo que nadie mencionaba delante de mí.
Después de determinadas visitas de la clínica, mis dolores empeoraban.
Algunas mañanas trabajaba normalmente y, horas después de recibir tratamiento, apenas podía mantener una conversación.
Aquella tarde llamé a Enrique Solórzano, mi abogado personal.
