https://cuentos.dexexchanger.com/beneficios-del-romero-y-los-clavos/

—Entonces podemos empezar de nuevo.

Adrián no contestó.

En cambio, abrió la puerta del copiloto.

—Elena, entra a descansar.

Sofía palideció.

—Vine desde Madrid por ti.

—Y Elena necesita reposo.

Elena aceptó la mano de su exesposo únicamente para bajar con seguridad.

Cuando pasó junto a Sofía, esta murmuró:

—Debe ser humillante que te haya dejado apenas regresé.

Elena se detuvo.

—Al contrario. Deberías agradecerme. Te lo entregué sin obligarte a competir.

La sonrisa de Sofía desapareció.

Aquella misma tarde, Elena comenzó a empacar.

Adrián salió de su despacho al ver las maletas.

—¿A dónde vas?

—A un departamento mío.

—Esta casa será tuya mañana.

—Precisamente. Mañana. Hoy prefiero irme.

Adrián bloqueó el pasillo.

—El médico dijo que no debes esforzarte.

—Hay 3 personas cargando mis cosas.

—Yo te llevo.

—No hace falta.

—No te estoy preguntando.

Elena soltó una risa sin humor.

—Ya no eres mi esposo. Tendrás que acostumbrarte a preguntar.

El teléfono de Adrián sonó.

Sofía.

Él rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Y otra vez.

Finalmente contestó.

Su rostro cambió.

—Voy para allá.

Colgó.

—Sofía tuvo un accidente.

Elena señaló la puerta.

—Entonces ve.

La facilidad con la que lo dejó marcharse pareció enfurecerlo.

Aquella noche, Elena durmió en un departamento de la colonia Del Valle que había comprado antes de casarse y nunca había mencionado.