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PARTE 1

Elena Márquez iba rumbo a su consulta prenatal en Santa Fe cuando el Bluetooth de la camioneta de su esposo se conectó, por accidente, a una llamada entrante.

La voz de una mujer llenó el vehículo.

—Ya regresé, Adrián. Divórciate de ella. Quiero que volvamos a estar juntos.

Adrián Salvatierra, presidente de uno de los grupos inmobiliarios más poderosos de Ciudad de México, no apartó la vista de Periférico.

No explicó quién era.

No negó nada.

Solo presionó un botón en el volante y terminó la llamada.

Elena, con 4 meses de embarazo, cometió el error de interpretar aquel silencio como una elección.

Pensó que Adrián había rechazado a la mujer.

Esa misma noche comprendió lo ingenua que había sido.

A las 10:30, el abogado personal de Adrián apareció en la residencia de Bosques de las Lomas y colocó una carpeta sobre la mesa de la habitación.

Era un convenio de divorcio.

Completo.

Preparado desde antes.

Elena levantó la mirada.

Adrián estaba junto a la ventana, todavía con el traje gris de la oficina. Su expresión era tan fría como en una reunión del consejo, aunque algo parecido a culpa aparecía en sus ojos.

Ella no preguntó por qué.

Leyó las cláusulas.

Tomó la pluma.

Firmó.

—¿Tengo que irme hoy?

Adrián se quedó inmóvil.

Había esperado lágrimas, reclamos, quizá que Elena le recordara que llevaba a su hija en el vientre.